Parménides asociaba la verdad con el ser y en la antigua Grecia la filosofía era considerada la ciencia de la verdad. Tradicionalmente se ha considerado como verdad la “adaequatio intellectus et res”, es decir, la concordancia del conocimiento con su objeto.
Ya en tiempos de Platón y Aristóteles surgen en Grecia unas escuelas filosóficas que no buscan hacer filosofía entendida como ciencia, sino establecer unas normas para la existencia humana, más o menos filosóficas, más o menos morales, que permitan a los hombres y a las mujeres ser felices. Para ellos una filosofía que no cure las heridas del alma no tiene ningún valor, porque el último fin de la actividad filosófica tiene que ser la felicidad del ser humano. Dos de estas escuelas buscaron la felicidad a través del placer y con ellas nació el hedonismo.
El tema de los valores aparece por primera vez con cierta notoriedad en la historia de la filosofía dentro de la ética del pensador austríaco Franz Brentano (1838-1917). Para Brentano la estimación que nosotros sentimos por las cosas no está fundada en un acto subjetivo nuestro, sino que se basa en la bondad o maldad de las cosas mismas. Cuando percibimos una cosa como buena nos sentimos impulsados a estimarla, con independencia de que nuestra percepción sea acertada o no y con independencia de la conducta que sigamos a continuación. De esta manera Brentano fundamenta su moral en la objetividad.
En su Ética a Nicómaco, Aristóteles nos enseña cómo se puede adquirir y practicar la virtud. Así lo explica en uno de sus párrafos más conocidos: “Aprenderemos una habilidad haciendo repetidamente el producto que queremos hacer cuando la hayamos aprendido. Seremos constructores construyendo y arpistas tocando el arpa, de la misma manera que llegaremos a ser justos haciendo acciones que sean justas, moderados haciendo acciones moderadas y valientes haciendo acciones valientes”.
En su primer viaje a Sicilia, Platón hizo cierta amistad con el rey Dionisio I de Siracusa, autoritario y cruel que gobernaba la ciudad con mano de hierro, a quien conoció a través de un cuñado del rey y amigo suyo llamado Dion. En una charla con Dionisio, a una pregunta del rey sobre lo que había encontrado en Siracusa, Platón le respondió que lo que había encontrado era una tiranía. Dionisio, que esperaba una respuesta elogiosa hacia su persona, montó en cólera y ordenó que lo apresaran, lo llevaran a Egipto y lo vendieran como esclavo, de lo que Platón se escapó por un golpe de suerte.
En el lenguaje ordinario la palabra sustancia tiene varios usos de enorme precisión. Cuando decimos de una comida que es sustanciosa estamos aplicando la palabra sustancia en su principal acepción, pues queremos decir que esa comida es rica en su contenido, que podemos sacar de ella, porque los posee en alto grado, un buen sabor y un elevado valor nutritivo. Y si los podemos sacar de ella es porque ella los tiene, porque son su haber, su patrimonio. La sustancia de algo es pues el haber de ese algo, un haber del que los demás podemos disponer. Para este sentido de la palabra sustancia es para el que los griegos utilizaban la palabra ousía. Pero además la palabra sustancia viene de sub-stantia, que quiere decir lo que está debajo, el substrato de algo, lo que sostiene a otra parte que está por encima que son los accidentes de aquello a lo que nos estamos refiriendo.
Todos en nuestro existir estamos siempre mirando hacia adelante, teniendo que elegir en cada momento una de las posibilidades que nos ofrece la vida, al mismo tiempo que renunciamos a otras alternativas igualmente posibles. Generalmente le damos más importancia a lo que elegimos que a lo que dejamos de lado, pero las dos cosas son importantes. La elección no siempre es fácil. Veamos una teoría llamada de la elección racional, y para que no resulte muy abstracto vamos a hacerlo con un ejemplo.
En el siglo XVII Thomas Hobbes nos ofreció una teoría política sobre las estructuras sociales y la legitimidad del Estado, conjugando conceptos como justicia, igualdad, poder y libertad. Para evitar nuestras desavenencias, dice Hobbes, los hombres necesitamos atenernos a un contrato en el que cada uno se comprometa a perder parte de sus libertades con la condición de que los demás pierdan también esas mismas libertades.
En su escalada desde la certeza que nos dan los sentidos hasta el saber absoluto, Hegel nos cuenta una historia conocida como “El señor y el siervo”, “El amo y el esclavo” o “Señorío y servidumbre”. Más o menos es como sigue.
Los hombres somos seres sociales que necesitamos de los demás para vivir. Y no solo por razones de utilidad sino también por afectividad. La familia propia y la familia en sentido más amplio forman nuestro círculo más próximo y son esenciales en nuestras vidas. Un grupo de amigos, vecinos, compañeros y conocidos hacen crecer este círculo hasta componer lo que podríamos llamar la tribu de cada uno de nosotros, formada por un grupo de ochenta o cien personas. Este círculo social se ensancha con otros de más alcance, cuya influencia se va desvaneciendo poco a poco a medida que el grupo va creciendo. Los vínculos que nos ligan con estos grupos más amplios están relacionados con la cultura, el idioma, el lugar de nacimiento, los intereses económicos, o afinidades de gustos, aficiones o educación.