
Para retomar los comentarios sobre el mito de la caverna, recordemos que la fuerza de la alegoría está en todos sus elementos. Siendo esenciales los tránsitos narrados y el ascenso desde el dominio del resplandor del fuego artificial a la claridad de la luz solar, como también el retroceso desde la fuente de toda luz a la oscuridad de la caverna, Platón le asigna una importancia especial a los papeles de las sombras, del resplandor del fuego, de la claridad diurna y del sol. La desocultación se menciona en sus distintos escalones, aunque sólo para saber de qué modo se hace visible lo que se muestra, que es la idea (idéa), y cómo ésta se hace accesible a través de su aspecto (eídos).
Platón le da mucha importancia al resplandor del fuego, cuya idea es el puro resplandecer, lo resplandeciente, y cuya esencia es la luminosidad. Gracias a la luminosidad del resplandor podemos ver el aspecto que ofrecen las cosas, es decir, podemos ver cómo se esencializa cada ente, mostrando su esencia en el qué es realmente, pues, para Platón, el ser tiene su esencia propiamente dicha en el qué es. En el qué es del ente es donde éste se esencializa. Pero lo que la idea trae a la visión y de ese modo deja ver es lo desoculto de aquello que aparece como idea. De este modo, lo desoculto viene a ser concebido como lo apercibido en la apercepción de la idea. Este dirigirse a las ideas determina la esencia de la apercepción y, en consecuencia, pues, la esencia de la razón.
Pero, además, cuando la desocultación muestra lo desoculto y lo hace accesible mediante la luminosidad de la idea, necesita para ello del ojo humano, de un ver como instrumento. El ojo mismo se entrega al resplandecer pudiendo de este modo acoger y apercibir lo que aparece, por lo que la desocultación otorga al cognoscente la facultad de conocer. A esta acción de la desocultación sobre el cognoscente la llama Platón “la idea del bien”. La expresión “idea del bien” es algo así como la idea de las ideas, de la cual surge la posibilidad de todas las otras ideas. El calificativo “del bien” la señala como la idea suprema. La alegoría menciona al sol como la imagen para la idea del bien. En lo interior de la caverna el sol es invisible, pero el fuego de la caverna hace posible la apercepción de las sombras, ya que el sol, mediante su resplandecer, suministra a todo lo que aparece la claridad y la visualidad necesarias para su desocultación. ¿En qué consiste la esencia de esta idea suprema? Platón lo dice así: “En el dominio de lo conocible la idea del bien es la visualidad que completa todo resplandecer”
La idea suprema es la causa de todo lo justo y de todo lo bello, es decir, de aquello que muestra en su comportamiento el resplandecer de su aspecto. También es el origen de las cosas y su cosidad. Quien quiera obrar con prudencia, tanto en asuntos públicos como privados, debe tener siempre presente la idea del bien, lo mismo que cualquiera que necesite moverse en el mundo de las ideas. La alegoría de la caverna, que tan bien nos explica la esencia de la paideía (formación o adecuación del hombre a una nueva situación), como camino de liberación del hombre, también es un relato de su ascenso hacia la visión de la idea suprema.
La alegoría de la caverna establece el predominio de la idea sobre la aléetheia o desocultaión. La idea es la soberana en cuanto otorga la desocultación a lo que se muestra y, simultáneamente, la percepción de lo desoculto. La aléetheia, cae bajo el yugo de la idéa. La desocultación queda desplazada por la esencia de la idea. La esencia de la verdad abandona así el rasgo fundamental de la desocultación. El tránsito de una situación a otra consiste en un más recto dirigirse de la mirada justo a lo que debe ser visto, lo cual no es otra cosa sino el aspecto del ente. De esta forma el ver y el conocer apuntan hacia la idea suprema. La primacía de la idéa sobre la aléetheia supone una mutación de la esencia de la verdad, llegando ésta a ser justeza de la percepción y del enunciar, o lo que es lo mismo, concordancia del conocer con la cosa misma.
Esta mutación o cambio de lugar de la esencia de la verdad implica que la doctrina de Platón sobre la verdad encierre cierta ambigüedad, ya que al interrogarse por lo desoculto se desplaza hacia el aparecer del aspecto y, con ello, hacia lo justo y la justeza del ver, mientras que como desocultación, la verdad sigue siendo todavía un rasgo fundamental del ente mismo.
El pensamiento conductor es que la idea suprema unce el yugo entre el conocer y lo conocido, y la idea del bien es la soberana que concede la desocultación, como también la percepción.
La misma ambigüedad en la determinación de la esencia de la verdad domina también en Aristóteles que nos dice que lo falso y lo verdadero no están en las cosas mismas… sino que yacen en el entendimiento, pues el enunciar juzgativo del entendimiento es el lugar de la verdad y falsedad y de su diferencia. El enunciado es verdadero en la medida que se adecúa a la situación objetiva.
Para Santo Tomás de Aquino la verdad se encuentra propiamente en el intelecto humano o en el divino. En el entendimiento tiene ella su lugar esencial. Aquí verdad ya no es más desocultación, sino concordancia.
Según Descartes, la verdad o la falsedad no pueden estar en sentido propio en ninguna otra parte sino solamente en la inteligencia.
Nietzsche dice que la verdad es la clase de error sin la cual una determinada especie de seres vivientes no podría vivir, con lo cual en última instancia liga la verdad al valor para la vida.
Ilustración de cabecera: escritura en griego de la palabra verdad.








