La verdad

Parménides asociaba la verdad con el ser y en la antigua Grecia la filosofía era considerada la ciencia de la verdad. Tradicionalmente se ha considerado como verdad la “adaequatio intellectus et res”, es decir, la concordancia del conocimiento con su objeto.

Kant lo expresaba de forma magistral: la verdad o la apariencia no están en el objeto en cuanto intuido, sino en el juicio que recae sobre él en cuanto pensado. ¿Pero cómo debe entenderse ontológicamente esta concordancia entre un objeto ideal como el juicio y un objeto real que está ahí delante de nosotros? De momento nos quedaremos con una nota importante: la verdad tiene dos polos, la verdad es cosa de dos.

Uno de estos polos es el hombre, que vive abierto al mundo en una aperturidad que es propia del comprender, y es llenada por los entes que el hombre va descubriendo y que nos va mostrando a través de enunciados o juicios que constituyen el sentido originario del logos. El otro polo de la verdad son estos entes que el hombre va descubriendo y que en el enunciado quedan mostrados tal cual son en su mismidad, es de decir, en sí mismos.

En este contexto de la filosofía de Heidegger, la verdad no tiene la estructura de una concordancia entre el conocer y su objeto, ni una adecuación entre los entes sujeto y objeto. Ser verdadero, aplicado al hombre, quiere decir ser descubridor: un hacer ver al ente en su desocultación.  Y verdad, en sentido derivado, es el estar al descubierto del ente mostrándose tal cual es.

Y esto no es una ocurrencia. Todo esto tiene su fundamento en la constitución del ser del hombre auténtico: que vive abierto a él mismo y a cuanto lo rodea, que también es un mundo abierto de forma cooriginaria con su propia aperturidad; que se encuentra arrojado a este mundo en medio de otros seres intramundanos, entre los cuales abre y descubre; que vive obligado a ser siempre su propio ser, por lo que vive abierto hacia sí mismo en una aperturidad que le muestra el fenómeno de la verdad más originaria, que es su propia existencia. Es por todo ello por lo que el hombre propio tiene que vivir en la verdad, arrebatándosela al ente en su acción descubridora.

Pero esto no ocurre siempre así, porque un existencial del hombre es la caída, en la cual el hombre auténtico pierde su autenticidad. Tras la caída el enunciado se convierte en habladuría que repite lo que oye; el interés por descubrir se transforma en mera curiosidad estéril; y el rigor de la interpretación se pierde en una ambigüedad que solo crea confusión. Con la caída, el estar abierto del hombre no se pierde, pero queda desarraigado. El hombre impropio que vive de esta forma, vive en la no-verdad.

Volvamos a la concordancia, que era algo que sonaba bien. En primer lugar, recordemos que el modo de ser de los entes intramundanos que nos rodean es el de estar-a-la-mano. Nuestro bolígrafo o nuestro ordenador son entes que están-a-la-mano para cuando los necesitemos. En segundo lugar, recordemos que podemos llamar ente tanto a las cosas que nos rodean como a lo que hablamos o a la manera de comportarnos, pues el ser no solo se encuentra en el hecho de que algo es, sino también en el hecho de que algo es de una determinada manera. Esto le otorga al enunciado descubridor la categoría de ente, por lo cual su modo de ser es también el de estar-a-la-mano, y la concordancia entre el enunciado descubridor y el ente descubierto en su mismidad, es una concordancia entre iguales a la que no se le puede poner ninguna objeción ontológica.

Como la verdad, entendida en su sentido descubridor más originario, pertenece, como hemos dicho, a la constitución fundamental del hombre, solo habrá verdad en cuanto y mientras el hombre es, por lo que podemos decir que toda verdad es relativa al ser del hombre. De ello se deduce que, por ejemplo, la ley de Einstein que dice que E=mc2, antes de que Einstein la enunciara no era ni verdadera ni falsa. Podría haber producción de energía en las reacciones nucleares o pérdidas de masa por radiactividad, pero la verdad de la equivalencia entre masa y energía aquí enunciada solo se hizo accesible en sí misma cuando fue mostrada por el ser descubridor que es el hombre.

Fotografía: Pixabay        

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