Una elección racional

Plaza Garibaldi, Bonito, Francia

Todos en nuestro existir estamos siempre mirando hacia adelante, teniendo que elegir en cada momento una de las posibilidades que nos ofrece la vida, al mismo tiempo que renunciamos a otras alternativas igualmente posibles. Generalmente le damos más importancia a lo que elegimos que a lo que dejamos de lado, pero las dos cosas son importantes. La elección no siempre es fácil. Veamos una teoría llamada de la elección racional, y para que no resulte muy abstracto vamos a hacerlo con un ejemplo.

Supongamos que entramos en un restaurante y nos ofrecen las tres opciones siguientes:

Pedir el plato del día. Esta es una opción segura al 100% que nos producirá una satisfacción suficiente pero relativamente pequeña, a la que le podemos dar el valor de 5 puntos.

Pedir una docena de ostras, corriendo el riesgo de que me salga una en malas condiciones y me fastidie el resto del día, lo que suele pasar en uno de cada diez platos. Esto supone una probabilidad del 90% de disfrutar de un plato cuya satisfacción puedo valorar en 20 puntos y una probabilidad del 10% de fastidiarme el resto del día, lo que valoro con un nivel de satisfacción de -100 puntos.

Finalmente puedo participar en un juego del restaurante comprando una papeleta entre 50, de tal manera que si me toca me invitan a un menú de degustación de excelente calidad con una puntuación de 50 puntos, pero si no me toca no como y mi nivel de satisfacción será de 0 puntos.

Para decidir vamos a valorar la utilidad, la satisfacción en este caso, de cada opción, ponderando cada puntuación con sus probabilidades:

Opción 1: 5 (puntos de satisfacción)*1 (probabilidad de que suceda) = 5

Opción 2: 20 (puntos de satisfacción)*0,9 (probabilidad de que suceda) – 100 (puntos de instisfacción)*0,1(probabilidad de que suceda) = 8

Opción 3: 50 (puntos de satisfacción)*0,02 (probabilidad de que suceda) = 10

La opción 1 me ofrece la mínima satisfacción, pero es segura. Si la elijo estoy dándole más valor a la opción de menor utilidad por lo que se llama Maximin. Con ella no corro ningún riesgo.

La opción 2 me da más satisfacción que la anterior después de valorarla de forma ponderada, pero con ella corro un cierto riesgo dentro de unos valores razonables, equivalente a 1 fracaso de cada 10 intentos, y se llama de Máxima utilidad esperada.

En la tercera opción, simplemente opto por el placer máximo, un placer enorme, pero con una probabilidad de conseguirlo muy pequeña, 1 de cada 50. Esta opción se llama Maximax.

 Esta teoría de la elección racional no puede aplicarse de forma absoluta en cualquier circunstancia.

Si se trata de una decisión personal que no afecta a nadie más que al sujeto que decide, cada uno elegirá su opción en función de sus características personales. Una persona pesimista, que cree que en la vida siempre le toca la bola negra, optará por la opción maximin. Una persona muy optimista, convencida de su buena suerte, optaría por la opción maximax. Los que aceptan un riesgo moderado optarían por la opción de máxima utilidad esperada. También en asuntos personales tiene gran influencia el tema de que se trate. Un experimento hecho por la profesora Gendler en la universidad de Yale, indica que cuando se trata de asuntos de salud, asumimos muchos menos riesgos que cuando se trata de elegir un curso para nuestra propia formación. Al elegir un curso de ampliación de estudios, los alumnos que asumieron un determinado riesgo fueron un 60%; sin embargo, al cambiar la universidad por un hospital los alumnos que asumieron el mismo riesgo fueron solo el 17%. También influye, por supuesto, que se trate de una elección para algo pasajero o para algo que influirá en toda nuestra vida.

En el caso de una decisión empresarial la opción óptima sería la de máxima utilidad esperada, que sería la que a largo plazo reportaría mejores resultados. Si hiciéramos una simulación con los valores del ejemplo, con la opción 1 al cabo de 100 intentos tendríamos unos beneficios equivalentes a 500 puntos; con la opción 3 tendríamos unos beneficios equivalentes a 100 puntos; y con la opción 2 tendríamos unos beneficios equivalentes a 800 puntos, que por eso se llama de la máxima utilidad esperada.

Los problemas se presentan cuando la opción que yo pueda elegir, afecta a los derechos de otras personas, lo que podría ocurrir si en la anterior decisión empresarial la estrategia elegida afectara al empleo o a algún derecho de los trabajadores, o cuando, si hablamos de filosofía política, estuviéramos tratando de cómo repartir la riqueza producida entre todos. En este caso, la opción maximax supondría el enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento de muchos; la opción maximin supondría un reparto igualitario; y la opción de máxima utilidad esperada supondría un reparto de la riqueza entre muchos, con unas minorías más desfavorecidas. El filósofo John Rawls confiaba en que si tuviéramos que decidir sobre algo que nos afectara a nosotros durante mucho tiempo y tuviéramos que hacerlo detrás del velo de la ignorancia, para evitar caer en el lote de los perdedores optaríamos siempre por la opción maximín.

 Aunque aquí hemos puesto el ejemplo del reparto de la riqueza esto se puede aplicar a otros ámbitos, siendo especialmente importante el ámbito de los derechos humanos, en cuyo caso hay que valorar también de qué derechos se trata. Así, por ejemplo, si se trata del derecho a la vida no podríamos dejar fuera ni a una sola persona, pues a nadie se le puede pedir que dé su vida por los demás. Lo mismo ocurriría con el derecho a la libertad o a la igualdad de oportunidades, que tienen que ser absolutamente iguales para todos, aunque con frecuencia esto dos derechos se pregonan mucho pero se respetan poco.

Concluimos, pues, que la teoría de la elección racional, aunque por su nombre pudiera sugerir que se trata de una receta, no es tal receta, sino solo una herramienta que nos facilitará el análisis de nuestras posibles elecciones, sobre todo cuando éstas nos planteen cuestiones éticas importantes.

Imagen: ROLYPOLYS de Pixabay

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