Nietzsche

A veces, alguna frase surgida en el seno de la filosofía salta al conocimiento popular y se hace famosa. Tal es el caso de “Pienso, luego existo”, de Descartes, “Yo soy yo y mis circunstancias”, de Ortega o “Dios ha muerto”, de Nietzsche. Comentemos esta última.

Friedrich Nietzsche (1844-1900), estudió filología clásica en Bonn y en Leipzig y fue profesor de esta disciplina en Basilea durante diez años, al cabo de los cuales tuvo que abandonar su actividad docente por motivos de salud. Sufría fuertes migrañas y tenía problemas en los ojos. Desde entonces vivió de su trabajo como escritor. Buscando un buen clima para su enfermedad viajó por la Riviera Italiana, el sur de Francia y los Alpes Suizos. En 1889 perdió la razón y murió completamente enajenado. Su estilo literario es brillante, apasionado y lleno de metáforas. Algunos lo consideran el mejor escritor en lengua alemana después de Goethe. A la filosofía llegó tras leer a Schopenhauer y durante una temporada mantuvo una buena amistad, rota más tarde deliberadamente, con Richard Wagner.

Aunque Nietzsche es ateo y extremadamente mordaz con las religiones y el cristianismo, cuando nos dice que Dios ha muerto no pretende manifestarse en el debate sobre teísmo o ateísmo, muy de actualidad en su tiempo, sino, más bien, fijar un punto de apoyo en el que cimentar el planteamiento vital que postula para el hombre y la sociedad. Él piensa que el hombre está adormilado y tiene que lanzarse a vivir la vida con fuerza y sin la ayuda de nadie.

Conocedor por su formación de la vida griega, la pone muy por delante de la de la sociedad de su tiempo. Los escritos griegos le descubren unos modos de vida de grandes hombres, como Heráclito y Demócrito, que hacían su cultura sin depender de otros, dando lugar a “bellas formas de vida” que los posteriores han olvidado. Grecia tenía una cultura vigorosa y la sociedad en la que él vive es una sociedad domesticada y debilitada, una sociedad de rebaño, que, desde el punto de vista de su vitalidad, ha perdido su vigor y navega sin rumbo. Durante siglos Dios fue un apoyo necesario para todo, como si se tratara de un mero recurso externo. Incluso los filósofos lo utilizaron en su beneficio. Descartes lo necesitó para salir de la aporía en la que él mismo se metió, y Kant lo propone como garante del orden moral. Esto no le gusta a Nietzsche, que piensa que el hombre tiene que ir siempre hacia adelante abriéndose con sus medios sus propios caminos.

Nietzsche es consciente del alcance de su propuesta. El haber matado a Dios lo lleva a las siguientes preguntas: “Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ”.

Como la falta de Dios puede dejarnos a la deriva, si no queremos caer en el nihilismo tenemos que redefinir los valores que nos hicieron débiles. Pero cuando Nietzsche dice que Dios ha muerto, no se refiere al fin de lo absoluto como transcendente, o sea, a un ser omnipotente que literalmente deja de existir, sino que se refiere al fin de la presunción humana de que existe un centro absoluto en torno al cual todo gira. De esta forma rompe con un cuadro de valores que orbitaba en torno a ese único centro y abre en su lugar un abanico de posibilidades que muestra la perspectiva o punto de vista de cada uno de nosotros, una propuesta de perspectivismo en la que ningún punto de vista agota la totalidad de algo. De esta forma Nietzsche, se reafirma en los valores del hombre en la medida en que considera la particularidad y multiplicidad de la condición humana como la fuente del sentido y el valor.

En su opinión los valores que soportaban la sociedad de su tiempo tenían su fundamento en entidades inexistentes y vacías como la Verdad o el Imperativo Categórico, y estos valores hicieron de ella una sociedad repugnantemente hipócrita. Mirándonos a nosotros mismos podemos ver cómo el comportamiento del hombre responde a uno a sus instintos más primarios que es la voluntad de poder, que es expresión de una realidad más radical que es la vida. Por eso escribe: “Pero ya que vivo, quiero que la vida sea en mí y fuera de mí tan exuberante, tan lujuriosa, tan tropical, como sea posible. Diré pues sí a todo lo que haga la vida más bella, más digna de ser vivida, más intensa. Si se me demuestra que el error y la ilusión pueden servir al desarrollo de la vida, diré sí al error y a la ilusión; … Al contrario, diré no a todo lo que disminuya la vitalidad del hombre”.     

Con Nietzsche nace una nueva forma de hacer filosofía. Una filosofía que no se apoya en la razón sino en la vida. Una filosofía irracional y vitalista basada en la conciencia de que existen unos valores específicamente vitales. Se puede decir que tanto la filosofía de los valores como la filosofía de la vida comienzan con él. 

Fotografía. Monumento a Nietzsche en Naumburgo (Alemania)  

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