Eudaimonia. Camino a la felicidad

La gran meta de todos los hombres de todos los tiempos ha sido lograr la felicidad. Eudaimonia la llamaban en la antigua Grecia. Aristóteles la identifica con la vida contemplativa, que es superior a la vida de los placeres y a la política. Posteriormente, la filosofía pierde hondura de pensamiento y nacen las escuelas que buscan el ideal del hombre sabio capaz de alcanzar la felicidad. Con una filosofía más superficial, cínicos, epicúreos, estoicos, esceptícos y otros tratan de dictar las normas a seguir para convertir al hombre común en el ideal del hombre sabio, del hombre feliz.

Quizás todas estas escuelas cometen los mismos errores: olvidarse de que lo que es bueno para unos es malo para otros, y dictar unas normas elaboradas por la razón ignorando el fluir natural de la vida en el seno de la naturaleza. Sin entrar en definiciones podemos entender que la felicidad requiere tranquilidad, sosiego, libertad y satisfacciones, lo cual resulta imposible cuando estamos pendientes de reglas, imposiciones, privaciones y fatigas. La felicidad no se puede encontrar solo dentro de nosotros mismos despreciando todo lo que podemos tomar del exterior. Hay que silenciar la voz del orgullo y atender la voz de la naturaleza, donde habitan las pasiones y las inclinaciones de cada uno de nosotros. Y también las satisfacciones que nos recompensan de las fatigas de cada día. La sabiduría no está reñida con los placeres de los sentidos y el confort del amor y la amistad.

También, la  naturaleza, que nos ha dotado de facultades excepcionales, nos ha dado los recursos necesarios para cubrir nuestras necesidades y la inteligencia necesaria para  explotarlos.  Y esta explotación tenemos que llevarla a cabo teniendo en cuenta la amplia variedad de recursos que la naturaleza nos ofrece. Por eso hemos creado las artes, hemos desarrollado las ciencias y hemos ordenado el mundo con leyes que nos ayudan a disponer de lo que la naturaleza nos ofrece, y es por ese camino por el que podemos alcanzar la sabiduría. El verdadero sabio, el verdadero filósofo, es el que valora con justedad no solo los placeres de los sentidos, sino tambiéen cada una de nuestras actividades y nuestras habilidades. Entre nuestras actividades diarias hay que saber ditinguir las que hacemos por necesidad para el mantenimiento de la vida, las que normalmente llamamos trabajo y las más creativas que hacemos para satisfacción de nuestro espíritu. Qué alegría cuando todo esto se hace con armonía, pues todas, incluso las labores domésticas y las destinadas al cuidado del cuerpo, son importantes. Y todo ello sin temor a cometer errores o sufrir un contratiempo, pues tanto unos como otros forman parte de la vida y se pueden superar analizando sus causas, ponderando su importancia y poniéndoles remedio si está en nuestra mano Ni la sabiduría ni la felicidad se encuentran en la apatía.

La filosofía nos ha enseñado que no hay ningún objeto que por sí mismo se pueda considerar valioso  o despreciable, bello o deforme, y que todos estos atributos dependen de la disposición y la inclinación de nuestros sentimientos. La belleza, por ejemplo, es solo el efecto que un objeto produce en nuestra mente, y ese efecto podría ser diferente si la estructura de la mente fuera también distinta. Es por eso por lo que podemos decir que no es el valor de un objeto  lo que determina el placer que nos produce conseguirlo, sino la pasión con la que lo hemos buscado y el éxito de haberlo conseguido. Esta pasión y este placer determinan las diferencias existentes entre los hombres para producir distintos grados de felicidad o desdicha. Las pasiones que persiguen objetos dentro de nosotros mismos contribuyen más a la felicidad que las que buscan objetos externos. La pasión por aprender produce más satisfacciones que la pasión por enriquecernos.

Y si todas las diferencias en la vida ordinaria dependen de lnosotros mismos, nada es bueno o malo en sí mismo. Pero, aunque todo es relativo, existen algunas formas de actuar sobre la mente. Así, la educación nos enseña que la mente no es inflexible; el cultivo de las artes y las ciencias humanizan nuestro temperamento y nos acercan a la virtud; los  hábitos resultan ser un medio muy eficiente para implantar en nosotros buenas inclinaciones; y la filosofía nos muestra a través de la ética cuáles son las disposiciones que tenemos que buscar, pues las reflexiones filosóficas son generales y aplicables a todos los hombres en cualquier circunstancia. Aunque de lo anterior podamos concluir que la disposición de ánimo más feliz es la virtuosa, que nos hace templados, sensibles, moderados y resistentes, tenemos que admitir que no siempre el hombre virtuoso es el más feliz, lo mismo que el vicio o las malas acciones no producen la misma desazón en todos los hombres. David Hume nos dejó escrito que la vida humana está más gobernada por la fortuna que por la razón y está más influenciada por el humor particular de cada uno que por principios generales. Por eso, reducir la vida a una regla y método exactos es por lo común una dolorosa ocupación que con frecuencia resulta estéril

Figura de cabecera: Alejandro y Diógenes, del pintor italiano Gaetano Gandolfi

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