Filosofía Budista

El Buda, nacido como Sidarta Gautama, vino al mundo el año 563 a.C. en un pueblo del sur de Nepal llamado Lumbini donde su padre era jefe o rey de un clan llamado Shakia, lo que le otorgaba por nacimiento la categoría de príncipe. Murió a los ochenta años cerca de su pueblo natal. Los detalles que se conocen de su vida y sus enseñanzas se transmitieron desde entonces por vía oral y no se escribieron hasta cuatro siglos después. Protegido por la burbuja del palacio donde se crió  no conocía el mundo exterior y le pidió a su padre que se lo mostrara. Sale fuera acompañado por un criado y entonces conoce a un hombre viejo, a una persona enferma y un cadáver, que representan para él el sufrimiento humano que hasta entonces no conocía.

Muy impresionado no puede olvidar tanto sufrimiento como había visto fuera del palacio y a los 29 años abandona a su mujer y a su hijo y sale al mundo buscando la espiritualidad dentro de la religión hindú a la que pertenecía. Decepcionado tras algunas experiencias monásticas decide sentarse debajo de un árbol hasta encontrar la iluminación que le indicara el camino a seguir, lo que ocurrió al cabo de 49 días.  Entonces, el Buda, que quiere decir el iluminado, inicia su predicación dirigiéndose en primer lugar a un grupo de monjes.

Lo que enseña el Buda no es una religión. Él no se declara ligado a ninguna divinidad ni habla de otra vida más allá de la muerte como proclamaba el hinduísmo, donde tras la muerte definitiva todo regresa al dios Brahma de donde todo procede. El Buda no nos habla de creencias ni de fe, sino solo de cosas que tenemos que hacer. Su programa es para este mundo y consiste en una serie de normas que podemos seguir para alcanzar el Nirvana, que no es un cielo ni nada parecido, sino un estado psicológico en el que uno ya no está regido ni por el deseo ni por el miedo, que son las causas de nuestro sufrimiento. Esto no es obstáculo para que existan monasterios donde los monjes buscan llegar al Nirvana y templos presididos por la figura del Buda donde siempre hay personas en actitud de oración.

La esencia de la doctrina budista está contenida en las llamadas Cuatro Nobles Verdades, donde se analizan las causas del sufrimiento humano y en el denominado Noble Camino Óctuple, que son las ocho vías a seguir de forma conjunta para alcanzar el Nirvana.

La primera noble verdad es la existencia del dolor. El dolor físico de la enfermedad, la vejez o la muerte o los dolores mentales como el miedo o la ansiedad. También nos habla del sufrimiento que nos producen la frustración, la decepción o la insatisfacción, que son consecuencia de nuestras propias decisiones. El Buda no niega que haya felicidad, pero ésta es transitoria e impermanente. La cosas que nos suministran algún placer se acaban o dejan de interesarnos cuando las tenemos. Pero además de que las cosas sean impermanentes, también lo somos nosotros que las consumimos. Para él todo fenómeno de la naturaleza es contingente e impermanente, y por eso cualquier existencia es  existencia de algo sin que ninguna experiencia nos pareza suficiente. Esta filosofía sobre la vida es realista y su aparente pesimismo no lo es por cuanto que tiene solución, la soución que encontró el Buda.

La segunda noble verdad es que la causa de tanto sufrimiento es el apego que sentimos por las cosas. Apego en el sentido de aferrarse a las cosas de forma desmesurada, de forma obsesiva, deseando controlarlo todo, lo cual nada tiene que  ver con el deseo. Este apego desmesurado, dice el Buda, se produce porque consideramos que el objeto es de vital importancia para nuestra felicidad, y tiene su origen en una forma equivocada que tenemos de ver el mundo, porque no nos damos cuenta del carácter impermanente de todo cuanto existe, incluyéndonos a nosotros mismos, y esta ignorancia nos lleva al sufrimiento. Sufrimos porque no vemos correctamente. Esto no significa que la visión del mundo que nos enseña el Buda sea nihilista en el sentido de que hay que renunciar a todo para vivir en paz. El problema no está en el mundo, sino en la percepción errónea que nosotros tenemos de él. La sensación de permanencia que tenemos de las cosas y de nosotros mismos es ilusoria.

La tercera noble verdad dice que al extinguir el apego se puede extinguir el sufrimiento, alcanzando entonces el estado espiritual del Nirvana. Esta extinción del sufrimiento incluye también al derivado de lo que  se llama el renacimiento. Como el Buda no cree en la reencarnación, la sustituye por el renacimiento, un concepto nuevo en virtud del cual el karma de personas que nos precedieron puede tener cierta influencia en nuestras vidas. La tercera noble verdad nos aclara que estas influencias del renacimiento quedan también eliminadas al alcanzar el Nirvana.  

Y lo que hay que hacer para lograr el Nirvana nos lo explica el Buda en la cuarta noble verdad, que son ocho recetas que hay que seguir simultáneamente. La primera receta es tener una visión correcta del mundo, del mundo tal como es. Un mundo de impermanencia y cambio donde cada cosa es contingente y dependiente del resto. Esto puede parecer inquietante pero es absolutamente necesario para romper el apego y el sufrimiento que produce. El segundo consejo es triple: mantener siempre una actitud correcta frente al apego, que consiste en la renuncia, convirtiendo además esta renuncia en un hábito; combatir la mala voluntad siendo compasivos y amables; y renunciar siempre a la violencia. En el tercer consejo invita a hablar correctamente. Reconoce que las palabras tienen mucho poder y dice quien quen habla con mentiras para favorecerse a sí mismo está mostrando a los demás su mal estado interior. En los consejos cuarto y quinto el Buda explica la necesidad de actuar correctamente y que los medios de vida que se tengan sean también decorosos. El apego a las cosas es una forma de violencia contra nosotros mismos y cualquier tipo de violencia tiene que ser evitada. Lo mismo que hay que evitar tener como medios de vida actividades que sean dañinas para los demás. Y frente a lo que no se debe hacer, en el sexto consejo invita a cultivar las cualidades sanas, tales como la sabiduría, la compasión y la generosidad. El consejo número siete anima a vivir intensamente el presente, obviando en cierto modo el pasado y el futuro a favor de fortalecer el momento  en que vive cada uno. Finalmente, el consejo número ocho invita a la práctica de la meditación.

Todos estos consejos se complementan y hay que seguirlos de forma conjunta. El Buda dice además, que no se acepte nada de esto por fe o por reverencia a su persona, sino que cada uno lo ponga a prueba con su propia experiencia, no aceptándolas de forma fundamentalista, sino experimentando con ellas en nuestra propia vida.

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