
Michel Foucault (1926-1984) conocido a veces como el filósofo del poder, es junto a Henri Bergson y a Jean-Paul Sartre uno de los tres grandes pensadores franceses del siglo veinte. Por sus análisis históricos o relacionados con la locura, sus obras se pueden encontrar en los estantes dedicados a la filosofía, la historia o la psicología. A él mismo no le gustaba encasillarse ni que lo llamaran filósofo.
Quizás influenciado por su homosexualidad, que era algo mal visto y rechazado por la sociedad en su juventud, se siente diferente, el otro, y pronto se pregunta qué es lo normal y qué es lo no normal, y quién establece la diferencia, pregunta con la que surge su preocupación por el poder.
Después de militar en el partido comunista durante tres años, abandona el partido porque se da cuenta de que el poder no se manifiesta solo en la lucha de clases como establece el marxismo, sino en todos los ámbitos de la vida de todas las personas. El poder es la manifestación de una voluntad de dominio y se impone mediante el establecimiento de normas y disciplina. Normas que rigen el pensamiento y el comportamiento de las personas y disciplina que impone su cumplimiento. Aunque estas normas son cambiantes con las épocas, siempre han sido impuestas por el poder, que es quien dictamina quiénes son los locos y quiénes son los cuerdos, qué es lo normal y qué no lo es y cómo se castiga a quien se sale de la norma.
Todo esto lo muestra Foucault analizando la evolución de algunas instituciones. Por ejemplo, cómo ha ido cambiando con el tiempo el tratamiento de la locura. Inicialmente a los locos se los dejaba vivir en libertad. No se los trataba clínicamente y se los dejaba pasear libremente por zonas poco concurridas. Pero luego todo cambió. Se los encerraba y se los controlaba de forma absoluta mediante normas que se describían hasta el más mínimo detalle, y castigos para cualquier desviación grande o pequeña de la norma establecida. Y todo absolutamente regulado por quienes ostentaban el monopolio de definir lo que es o no es normal, utilizando la disciplina como palanca del poder. Para Foucault esto muestra un verdadero retroceso, como ocurre también con la evolución de los castigos y las prisiones y la teoría de la reforma y rehabilitación de los presos, que, a pesar de sus fracasos, trata de encubrir un sistema de poder basado en la disciplina para crear individuos normalizados, donde con el engaño de una humanización del castigo, que afortunadamente había dejado atrás ejecuciones atroces ejemplarizantes, somete a los reclusos a una vigilancia permanente. Cuando Foucault habla del uso del poder en las prisiones piensa también en el que de distintas formas tiene lugar en las industrias, las escuelas o los hospitales.
Además del poder disciplinario Foucaullt nos habla también del biopoder. El primero es el que se ejerce sobre los individuos y considera los cuerpos humanos como si fueran máquinas, y el segundo, el biopoder, es el que se aplica a grupos de personas o grupos biológicos que se comportan según las leyes de las poblaciones. El biopoder depende de factores económicos, políticos y tecnológicos y requiere de un arte de gobierno nuevo, encaminado a promover la vida de las poblaciones en un mundo cuyo motor son los datos: gobernar a toda una población a base de datos en vez de hacerlo persona a persona con técnicas disciplinarias que promuevan índices favorables de vida. Este tema del biopoder no lo desarrolló Foucault con el mismo detalle que analizó el tema de las prisiones y la disciplina. Quizás porque murió con solo 57 años.
También se produce un engaño cuando la Ilustración y la Modernidad se adjudican el mérito de haber aupado al hombre a la categoría de sujeto. El hombre como sujeto, dice Foucault, ya está modulado desde siempre por el lenguaje, la sociedad y el poder. En vez de hablar del hombre como sujeto hay que referirse a un hombre sujetado y sometido por el poder a través de un control constante que lo tiene atrapado en múltiples relaciones de dominio, porque todas las verdades que consideramos fijas solo son construcciones sociales que expresan relaciones de dominio. Por eso las relaciones de dominio son mucho más extensas y difusas que una simple lucha de clases y están por todas partes. Durante siglos, el poder ha sido la mano que ha ido tallando al hombre como sujeto. Gracias a Charles Darwin sabemos que nuestro cuerpo es el producto de una evolución cuyas reglas conocemos. Ahora, gracias a Michel Foucault, sabemos también que el sujeto es el producto de una historia genealógica impulsada por lo que él llama las «disciplinas», que son métodos y técnicas de poder que operan en diversos espacios y niveles sociales para volver «dóciles y útiles» a los hombres, lo cual nos presenta con gran nitidez en el análisis genealógico de las prisiones.
El poder es una red de relaciones desiguales creadas intencionadamente por la tecnología al servicio de la política, que se manifiesta como una penetración del estado en la sociedad civil, una opresión del estado que explica parte del comportamiento humano. Si bien el poder se ejerce más eficazmente sobre el espíritu que sobre el cuerpo, esta red permite invadir el cuerpo y el alma de los individuos sin que nadie se preocupe en exceso y es muy difícil de atajar. Sorprende constatar cómo el poder nos conduce de la mano a la adopción de determinadas prácticas sociales que nos dicta con nuestra propia complicidad, diciéndonos lo que podemos pensar, decir, hacer o desear.
Terminemos con una cita de Foucault: «Quizás he insistido demasiado en el tema de la tecnología de la dominación y del poder. Cada vez estoy más interesado en la interacción entre uno mismo y los demás, así como en las tecnologías de la dominación individual, la historia del modo en que un individuo actúa sobre sí mismo, es decir, en la tecnología del yo»
Figura de cabecera: Castigo ejemplarizante hacia la mitad del s. XVIII