Sobre el tiempo

Dice la filósofa francesa Simone Weil que “la reflexión sobre el tiempo es tal vez la más difícil que pueda darse, porque lejos de que nosotros podamos capturar el tiempo, parece que sea él el que nos arrastre….”. Por eso, aunque incurramos en algunas repeticiones, escribir sobre el tiempo siempre será interesante.

Todo cuanto existe lo hace cambiando. Nada es inmutable. Podamos percibirlo o no todo está en transformación permanente, tanto el agua que vemos evaporarse en el fuego de nuestra cocina, como la piedra que está tirada en un camino y que antes formaba parte de una roca. El cambio está en la esencia de todo lo que existe en el universo.

Desde el big-bang hasta la aparición de la vida todo el universo va cambiando según las leyes de la física. Cambios que a veces entran en ciclos periódicos aparentemente iguales, pero que no lo son, y que otras veces ni siquiera presentan esa apariencia cíclica. Este período entre el big-bang y la aparición de la vida se puede estimar en unos 10.200 millones de años. Por supuesto, ninguno de los elementos que componen el universo, galaxias, estrellas, agujeros negros, polvo estelar o partículas y átomos que pudieran andar por ahí perdidos, saben nada de lo que está pasando durante ese tiempo porque no tienen conciencia. El universo es una esfera inmensa donde pasan muchas cosas que no le importan a nadie. El universo vive una ignorancia absoluta gobernado sabiamente por las leyes de la física que guían su desarrollo. Qué gran paradoja: un desarrollo espectacular que nadie puede contemplar ni valorar. Un espectáculo sin espectadores que dura miles de millones de años. Un sobrecogedor e inmenso silencio cognitivo.

Todo cambia cuando aparece la vida, un hito tan importante que solo es comparable al del big-bang y del cual aún no sabemos nada. Qué diferencia entre ambos: el big-bang, inmenso, grandioso, maravilloso; la aparición de la vida, un humilde organismo unicelular en el fondo oscuro de un océano del planeta Tierra. Pero de aquellas primeras bacterias, que incluso transformaron el planeta para poder sobrevivir, tras muchos miles de años de evolución darwiniana aparecieron la conciencia y la memoria, algo nuevo, algo que anteriormente no existía y que no respondía a las leyes de la física. Es entonces, gracias a la conciencia y a la memoria, cuando los hombres y las mujeres que poblamos la tierra, mirándonos a nosotros mismos nos damos cuenta de que somos capaces de recordar cosas que nos habían sucedido anteriormente: es así como descubrimos el pasado y sentimos de qué manera este pasado influye en nuestra vida actual que llamamos presente. Un pasado que lo podemos recordar pero que no lo podemos cambiar y que presenta la singularidad de traer a nuestra mente unos hechos que no son simultáneos con lo que acontece en el momento de su evocación, pues entre unos y otros median siempre otros acontecimientos que se interponen entre ellos distanciándolos de alguna manera.   

Y cuando esto sucede también nos damos cuenta de que siempre que queremos algo no lo tenemos inmediatamente, y que para conseguirlo necesitamos realizar algunas cosas, pudiendo elegir casi siempre entre varias opciones posibles. El querer algo y tenerlo tampoco son simultáneos. Primero lo pensamos o lo queremos y solo lo tendremos tras realizar los quehaceres necesarios para ello. Y si antes descubríamos el pasado, ahora acabamos de aprender a diferenciar entre el presente y el futuro.

De esta forma emerge en nosotros un sentido de lo que Heidegger llama temporeidad, un sentir interno que nos habla de que vivimos un presente marcado por todo nuestro pasado y proyectado hacia un futuro lleno de posibilidades que tenemos que llenarlo con nuestro quehacer de cada día. Así es como el hombre, que siempre se interroga sobre el sentido de su vida, se da cuenta de que en el presente ya no es lo que había sido en el pasado, y que en el futuro ya no será como es en el presente, pero que, sin embargo, en el pasado, en el presente y en el futuro siempre será él mismo.     

Es imposible saber el tiempo que el hombre vivió con estas sensaciones, que fueron enriqueciendo su vida al tiempo que también se desarrollaron en él el sentido moral o el sentido social. Para satisfacer su propia curiosidad o para poder comunicarse con otros, pronto tuvo necesidad de medir las distancias que hemos señalado por la falta de simultaneidad: Cuánto han quedado de lejos los acontecimientos que recuerda y cuánto tendrá que esperar para conseguir las cosas que desea. Y para poder valorarlo se valió de los ciclos de la naturaleza: dos noches, una luna llena o cuando vengan las lluvias. De esta forma el hombre parametriza y hace objeto de medida lo que ahora llamamos tiempo. Y con esta parametrización el tiempo pasa a formar parte de todos los actos de la existencia humana poniendo de manifiesto que para nosotros nada es inmediato.

El éxito de la parametrización del tiempo fue tan grande que ahora, olvidando su esencia, hablamos de él como si fuera un ente real que está ahí fuera del que podemos hacer uso cuando lo deseemos. Incluso decimos que el tiempo empezó con el big-bang usando como unidad de medida la duración de la órbita terrestre, aún cuando el origen del sistema solar ocurrió miles de millones de años después del Big-bang. El tiempo creado y parametrizado por nosotros mismos se ha impuesto en nuestra vida de forma rotunda. Por su enorme presencia y por el carácter que le imprime a todo lo que hacemos y percibimos, Kant definió el tiempo como una forma a priori de nuestra sensibilidad. Algo que llevamos dentro de nosotros porque de nosotros nació y que es absolutamente necesario para la percepción sensorial.

La cita de Simone Weil que hemos dejado al principio con puntos suspensivos termina así: «Quiero detenerme y mirar pasar el tiempo como se mira un río; pero no puedo; mientras pienso, el tiempo arrastra también mi pensamsiento«.

Fotografía de cabecera: Imagen de la órbita de la Tierra generada a petición mía por mi copilot microsoft.

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