San Agustín

San Agustín nació en África, cerca de Cartago, a mediados del siglo cuarto. Por aquella época el norte de África era cristiano y estaba romanizado, con un cristianismo sembrado de herejías que convivía con otras religiones en un imperio ya amenazado por los bárbaros. Aunque su madre, santa Mónica, era cristiana, tras haber sido maniqueo él no abrazó el cristianismo hasta los 32 años, un acto que marcó el resto de su vida.

Desde entonces, toda su filosofía fueron argumentos para defender su fe. Después de su conversión fue ordenado sacerdote en la ciudad de Hipona y posteriormente fue nombrado obispo de esta misma ciudad. San Agustín es uno de los 37 doctores de la Iglesia, en la que aún perdura con firmeza la doctrina de su pensamiento.

Todo el pensamiento filosófico de san Agustín está motivado por la religión y fuertemente influenciado por Platón. Dios es el centro en torno al cual gira su metafísica. Dios creó el mundo de la nada y no a partir de su propio ser; también creó al hombre a su imagen y semejanza. Recoge la teoría platónica de las ideas, cree que existe el mundo platónico de las ideas y que las ideas están alojadas en la mente de Dios. Las ideas de las cosas que nosotros conocemos estaban ya en la mente de Dios aun antes de que las cosas existieran, lo mismo que está en su mente todo lo que está por venir. Y toda la creación, que no ha acabado porque es un despliegue perpetuo a lo largo del tiempo, es un acto de la voluntad de Dios. Y desde esta realidad creada se puede llegar a Dios a través de la intimidad del hombre y de la vida interior. Así es como se llega a Dios, a partir de la realidad por Él creada y por medio de la intimidad de la que el hombre es capaz.

San Agustín define a Dios como lo hizo Él mismo: Yo soy el que soy. Dios es el Ser, realidad plena y total, verdad absoluta, inmutable, donde no cabe el no-ser. Y como los hombres somos contingentes, ser y no-ser, no nos pudimos dar el ser a nosotros mismos y tuvimos que ser creados por lo que es un acto de amor de Dios.

Desde su juventud san Agustín fue un gran buscador de la verdad, razón por la cual se sintió atraído por el maniqueísmo y sus fuertes dualismos entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas y Dios y el diablo. Tras su conversión, encuentra en Dios la verdad que va buscando. Y la  encuentra en su corazón, dentro de sí mismo, gracias a que Dios lo ha iluminado con la gracia divina para hacerlo partícipe del conocimiento de la verdad. También nos dice que no se llega a la verdad sino por la caridad, “Non intratur in veritatem nisi per caritatem”, poniendo así el amor en el centro de la conciencia humana y de toda su filosofía.

El alma desempeña un papel importante en la filosofía de san Agustín por ser la parte inmaterial y espiritual del hombre, a la que debe su capacidad para acceder a su interioridad, facultad que no posee ninguna otra realidad del mundo. No obstante, su origen lo deja un poco perplejo, pues aunque la transmisión del pecado original lo lleva a considerar que el alma la transmiten los padres de cada individuo que nace, no rechaza del todo la posibilidad de que es creada por Dios en cada nacimiento.

Hay en san Agustín un par de temas con los que parece que se adelanta a lo que dijeron otros filósofos posteriores. El famoso “pienso luego existo” de Descartes tiene en san Agustín un antecedente que en sus propias palabras dice lo siguiente: “No hay que temer en estas verdades los argumentos de los académicos, que dicen ¿Y si te engañas? Pues si me engaño soy. Pues el que no existe, en verdad, ni engañarse puede; y por esto existo si me engaño, ¿cómo puedo engañarme acerca de que existo, cuando es cierto que existo si me engaño? Y, por tanto, como yo, el engañado, existiría, aunque me engañara, sin duda no me engaño al conocer que existo”.

La ética de san Agustín parece igualmente un anticipo de lo que siglos después diría otro filósofo, Spinoza. Spinoza nos dijo que si nos guiamos por la razón y no por las pasiones, “podemos hacer todo lo que queramos si creemos que es bueno para nosotros”. San Agustín resume su ética en su famosa sentencia que dice, “Ama y haz lo que quieras”, poniendo así el amor, la caridad, en el centro de su ética. San Agustín cree que el hombre posee una conciencia moral, reflejo de una ley divina a la que todo está sometido, cuyos imperativos constituyen la ley natural. Para san Agustín el mal no tiene ser en sí mismo, pues solo es una carencia de ser, un no-ser. El mal moral que se da en las acciones humanas existe porque Dios nos creó dándonos la facultad del libre albedrío, que es nuestra capacidad para elegir responsablemente nuestros actos conforme a nuestra propia voluntad.

Para san Agustín la voluntad es una de las principales facultades del hombre, lo mismo que lo es de Dios, anteponiéndola incluso a su sabiduría. Primero, por la voluntad, Dios toma la decisión de crear el mundo, y después, por su sabiduría, lo crea como debe ser. Por eso la voluntad del hombre siempre lo impulsa hacia el bien y el hombre solo puede sentirse libre cuando hace el bien. Hacer el bien es un imperativo para el hombre.

Todos los hombres estamos unidos por el amor a Dios, y a esto san Agustín lo llama la ciudad de Dios, cuya progresión es la creación divina, que está por encima de la ciudad de los hombres. Por eso el Estado tiene una significación divina y toda potestad viene de Dios, por lo que los valores religiosos no son ajenos al Estado, que debe prestar a la Iglesia el apoyo de su poder. Esta prevalencia del poder de la Iglesia sobre el del Estado se mantiene en occidente hasta el siglo XVII.

De esta forma, como nos dice Julián Marías, “ni la ética ni la política pueden separarse en san Agustín de la conciencia de que el último fin del hombre no es terrenal, sino que de lo que se trata es de descubrir a Dios en la verdad que reside en el interior de la criatura humana”.

Fotografía de cabecera: Parte inferiror del cuadro El entierro del conde Orgaz, del Greco, donde aparece san Agustín enterrando al conde.

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