El Tractatus. Cosas y palabras.

Ludwig Wittgenstein nació en Viena en 1889 y murió en Cambridge en 1951. Hijo de uno de los hombres más ricos de Europa, su casa era frecuentada por las familias más sobresalientes del imperio Austro-Húngaro, principalmente del mundo de la música. Tras la muerte de su padre renunció a su herencia y la repartió entre sus hermanos y diversas organizaciones. Empezó a estudiar ingeniería aeronáutica en Berlín y en Manchester y su contacto con los fundamentos de las matemáticas despertó su vocación por la lógica, por lo que dejó los estudios de ingeniería y se fue a Cambridge a seguir las clases de Beltran Russell.

En 1913 se retiró a una cabaña junto a un lago en Noruega, donde casi llegó a terminar su famosa obra Tractatus logico-philosophicus. Aunque su posición le hubiera permitido no ir a la guerra, lo hace pensando que sería una prueba de fuego para su persona y que la cercanía de la muerte traería luz a su vida. Terminada la guerra completa el Tractatus con su últimas proposiciones y tras publicarlo deja la filosofía por un tiempo viviendo modestamente como maestro de un pueblo pequeño y practicando algunos retiros en solitario como el de Noruega. Más tarde, retoma la filosofía y es profesor en Cambridge. Después de su muerte se publica su segunda obra importante, Investigaciones filosóficas, descalificando él mismo su obra primera, que se había convertido en el libro inspirador o libro de cabecera de la Escuela de Viena.

El Tractatus se compone de 475 proposiciones relacionadas entre sí, que forman una estructura compleja que es una verdadera teoría de la lógica, aunque para Wittgenstein su objetivo central es de orden ético.

La primera proposición del libro es rotunda: El mundo es todo lo que es el caso. Esto quiere decir que el mundo es todo lo que acaece, todos los hechos que efectivamente se dan, porque para Wittgenstein lo importante no son las cosas que nos rodean sino las cosas con sus relaciones mutuas: los hechos. Un hecho puede estar compuesto por uno o varios hechos simples, a los que llama estados de cosas, que a su vez están formados por los objetos o cosas que tenemos a nuestro alrededor. Un hecho puede darse o no en el mundo, pero para que se dé son absolutamente necesarios los objetos. Sin objetos no hay hechos. Un árbol puede estar delante o detrás de una casa, pero para que este hecho suceda tienen que existir el árbol y la casa. Por eso para Wittgenstein los objetos forman la sustancia del mundo. Por encima de este nivel de la sustancia está la realidad, que consiste en la totalidad de los estados de cosas, incluso si solo existen como posibilidad, que es un concepto más amplio que el de mundo, que solo se refiere a lo existente, o, como dice la proposición citada, a todo lo que es el caso.

Para relacionarnos con este mundo, nosotros solemos hacer modelos de la realidad, modelos figurativos que podemos construir con elementos que representan a los objetos reales, siempre que nuestra representación sea fiel a los hechos a los que el modelo hace referencia. Pero estos modelos también son hechos del mundo, y para que el modelo sea una representación fiel del hecho real, ambos hechos tienen que tener la misma forma, que es la estructura interna que hace al modelo reconocible.

Además de estos modelos espaciales, que pueden ser maquetas, dibujos, fotografías, mapas o cualquier otra cosa, hacemos también otro tipo de modelos, que son los modelos lógicos, los que construimos mediante proposiciones que expresamos con el lenguaje. En ente caso, los hechos del mundo se corresponden con las proposiciones, los elementos que usamos para hacer el modelo son las palabras, los nombres, y la relación entre el modelo y los hechos se establece a través del pensamiento. Si en el primer tipo de modelos, por ejemplo en un mapa, los elementos se colocan entre sí de una forma espacial, en las proposiciones las palabras se organizan entre sí de una manera lógica, sin que reflejen las relaciones espaciales de los objetos de los hechos.

La diferencia entre un modelo espacial y un modelo lógico es importante. Supongamos que el modelo espacial fuera una fotografía. La fotografía representa a su modelo y eso mismo es lo que nos presenta cuando la tenemos delante. La fotografía nos presenta justo lo que ella representa. El sentido de la fotografía, su contenido, lo que representa, está encerrado en su forma pictórica. Sin embargo, la relación entre una proposición y el hecho al que se refiere no está contenida en la misma proposición y tiene que ser pensada, ya que el carácter de una proposición no es icónico sino simbólico. Por ello el alcance de una forma lógica es mayor que el de una forma pictórica. La proposición se convierte así en un punto de enlace entre el ser, es decir, las cosas, y el pensamiento. Para Wittgenstein, la forma lógica es la forma de la realidad, cualquier estado de cosas es pensable y todo lo que es pensable es posible. Lo que no es posible es pensar en una contradicción. No podemos pensar que una puerta esté abierta y cerrada al mismo tiempo.

Las proposiciones elementales son las que hacen referencia a un estado de cosas. Las proposiciones tienen que tener un sentido y los nombres que se utilizan en ellas tienen que tener una referencia clara a los objetos del mundo. Pero como los hechos no son simples estados de cosas, sino bastante más complejos, el lenguaje cotidiano que nosotros utilizamos está lejos de ser una proposición elemental.

Llamamos expresiones, palabras o símbolos a todo lo que es esencial para el sentido o significado de una de una proposición. Si digo que “el libro es verde”, las palabras libro y verde son expresiones o símbolos esenciales para el sentido de esta proposición. La forma en cómo el símbolo se traslada a la escritura o a la voz, es decir, lo que vemos escrito o lo que oímos al pronunciarlo, de denomina signo. Esto resulta problemático porque el mismo signo puede significar diferentes símbolos, y diferentes signos pueden significar el mismo símbolo. Por ejemplo, la palabra “es” puede significar una cópula, señalar una igualdad o mostrar la existencia de algo. En la proposición 3.325, dice Wittgenstein: “Para eludir estos errores tenemos que usar un lenguaje sígnico que los excluya, en la medida en que no use el mismo signo en símbolos distintos, ni use externamente de igual manera signos que designen de modo diferente. Un lenguaje sígnico, pues, que obedezca a la gramática lógica —a la sintaxis lógica”.

Con esto llegamos a la proposición 4, a partir de la cual seguiremos otro día de la mano de la Fonda Filosófica de Darín Macnabb.

Fotografía: Cartel de la UNESCO para el día mundial de la lógica.

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