Platón y la verdad 1/2

Platón no transmite su noción de la verdad en la alegoría o el mito de la caverna, cuyos elementos constitutivos recordemos que son los siguientes:

Unos hombres encadenados y sin poder mover la cabeza viven en una caverna sujetos a la tierra, convencidos de que lo que en ella ven es lo real, es decir, el ente. Dentro de esta caverna los hombres se sienten seguros y se encuentran en su mundo, en su casa. Detrás de ellos, un desfile de utensilios y cosas proyectan sus sombras sobre el fondo de la caverna, y estas sombras es lo único que ellos pueden ver; detrás de estas cosas que desfilan, un fuego, imagen del sol, proyecta su luz sobre ellas haciendo posible el desfile de las sombras en la pared del fondo. Fuera de la caverna están el sol y las cosas reales, que son las ideas de Platón. En un momento dado, un hombre del grupo rompe sus cadenas, sale y vuelve a entrar. La interpretación de esta alegoría encierra la esencia de la cultura y la teoría platónica de la verdad.

Los griegos llamaban paideía al acostumbramiento del ser humano a una nueva situación partiendo de una situación anterior llamada apaidusía. Este tránsito requiere de un aprendizaje, que no consiste en una inyección desordenada de nuevos conocimientos, sino en la asimilación de una nueva cultura. En la alegoría de la caverna el tránsito hacia una nueva situación lo experimenta el hombre que sale, pues todo lo que para él era importante deviene en otra cosa, ya que el ente se le desoculta ahora de otra manera ofreciéndole una mutación esencial de la verdad, entendiendo por verdad la desocultación del ente para el hombre descubridor. Los griegos llamaron a esta desocultación aléetheia, vocablo que se traduce por verdad, que desde hace largo tiempo significa para el pensar occidental la concordancia de la representación mental con la cosa: adequatio intelectus et rei.

En este tránsito se pueden considerar cuatro fases. La primera corresponde a la situación de partida, que es la de los hombres encadenados. En ella, según la doctrina de Platón acerca de la verdad, los encadenados solo tomarían por desoculto las sombras de los utensilios, puesto que es lo único que ven.

El segundo escalón se produce cuando uno de los hombres se deshace de sus ligaduras y puede mirar hacia atrás. Entonces tiene la posibilidad de ver las cosas mismas que anteriormente eran transportadas detrás de ellos, por lo que podríamos decir que se acerca un poco más al ente. Sin embardo, el resplandor del fuego, al que no está acostumbrado, lo deslumbra y le impide discernir con claridad lo que ve, por lo que dominado por cierta confusión tomará las sombras primeras como algo más desoculto que esto que ahora se le muestra sin claridad. De este modo, la verdad más propiamente dicha sigue encontrándola en las sombras, equivocándose así en la evaluación de lo verdadero. Esto supone que el quite de las ligaduras le ha aportado cierta liberación con relación a su primera situación de cautiverio, pero no ha logrado todavía la efectiva libertad.

En el tercer escalón el hombre sale al exterior de la caverna, donde encuentra la libertad completa y todo resplandece a la luz del sol, donde las cosas aparecen mostrando su propio aspecto, el aspecto de lo que las mismas cosas son, o sea las ideas. Las ideas constituyen la esencia a cuya luz se muestra todo ente particular desoculto y accesible. Más desoculto que las cosas artificialmente iluminadas y que las sombras. Lo más desoculto que nos es posible encontrar. Pero mantenerse libre fuera de la caverna requiere paciencia y esfuerzo. La liberación no se sigue del mero desprenderse de las ligaduras, sino que requiere habituarse a ver los nítidos contornos de las cosas que se mantienen firmes en su aspecto. La liberación propiamente dicha consiste en mantenerse en ese estar vuelto hacia lo más desoculto.

El cuarto escalón es la vuelta a la caverna y la lucha entablada dentro de ella entre el liberador y los prisioneros, refractarios a toda liberación.

Para que se produzca una desocultación hay que desvelar lo que yace oculto, que no es otra cosa que la esencia del ser. Lo desoculto tiene que ser arrancado a una ocultación. Por eso, verdad significa primariamente lo arrancado con lucha a la ocultación en que yacía. De modo que verdad es ese arrancar con lucha y siempre en la forma de un desentrañar. Por eso el ganar lo desoculto arrancándolo con lucha, pertenece a la esencia de la verdad y está señalado particularmente en el cuarto escalón, por lo cual, así como en cada uno de los tres escalones anteriores, también en él se trata de la aléetheia. La esencia de la verdad pensada en el sentido de la aléetheia o  desocultación, encuentra también una referencia en la propia caverna, que es como una cueva que se encuentra oculta y escondida bajo tierra en un lugar abierto y luminoso donde luce el sol. Por todo ello la alegoría de la caverna ilustra perfectamente el sentido de la verdad cuando ésta es considerada como aléetheia o desocultación.

Otro día profundizaremos un poco más sobre todo esto.

Figura de cabecera: La verdad velada, del escultor italiano Antonio Corradini

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