
Para Sartre el tiempo no forma parte del conjunto de los seres-en-sí como diría un realista, pero tampoco acepta la tesis de que se trata de una mera idea, debida a la relación entre las cosas que impone nuestro conocimiento. El tiempo que nosotros medimos tiene su origen en la temporalidad del ser-para-sí, cuya existencia está marcada por un presente que viene de un pasado y apunta hacia un futuro. Decimos que todos tenemos un pasado como tenemos una propiedad o cualquier otra cosa, pero esto no es así. Podemos vender nuestra propiedad pero no podemos prescindir de nuestro pasado, que siempre estará unido al presente por un vínculo interno.
Sin embargo, cuando el pasado queda unido al presente, el ser-para-sí que fue se ha transformado en ser-en-sí, pues lo que antaño fueron elecciones libres del ser-para-sí son ya algo inamovible que queda integrado en nuestra facticidad. Eso es especialmente relevante en el momento de la muerte, en el cual la conciencia desaparece del todo y toda nuestra existencia pasa a ser un mero ser-en-sí.
En oposición al pasado que no es ya y al futuro que no es todavía, el presente es simplemente un es, un instante que no tiene duración alguna. Solo es presente. ¿Presente a qué? Presente al mundo que es un ser-en-sí, un ser-en- sí que no es su pasado, sino lo que en ese momento aparece ante la conciencia. Por esta negación del pasado el presente se manifiesta como una evasión, como una huida, una huida frente al ser, una huida constante hacia el futuro de la identidad del ser-en-sí del mundo.
El futuro es la dimensión de las posibilidades, más allá del ser-para-sí. El futuro surge como elemento del ser de la conciencia por nuestra capacidad para decidir. Sin embargo el cumplimiento pleno de nuestros proyectos es difícil debido a la estructura nihilizadora de la conciencia, que hace que una conciencia plena, aquello que sus posibilidades le anuncian, sea imposible. Estos tres momentos del tiempo no tienen un carácter estático, como si fueran inamovibles, sino que tienen un carácter extático, lo que le permite a la conciencia salir y volver a entrar en ellos sin ninguna dificultad. La conciencia puede dispersarse entre pasado, presente y futuro sin que ninguno de ellos sea su lugar natural.
El ser-para-sí de la conciencia no está solo en el mundo y por lo tanto es también un ser-para-otros. Yo necesito de los otros para captar por completo todas las estructuras de mi ser. Para ello necesito captar al otro como sujeto convirtiéndome yo en objeto para él, lo que tiene lugar a través de la mirada. Sartre nos lo ilustra con una historia.
Supongamos que estoy mirando por el ojo de una cerradura para ver lo que ocurre al otro lado de la puerta. Para mí no se trata de un acto noble, pero tampoco es un acto condenable, y lo hago sin darle mucha importancia, con una conciencia pre-reflexiva. En un momento determinado aparece en el pasillo otra persona y siento vergüenza. Mi acto se ha convertido en una acción reflexiva, me hago cargo de él y por eso siento vergüenza. La mirada del otro me ha hecho sentirme objeto (un mirón). Esta situación solo puede darse si el otro aparece ante mí como un sujeto, lo que no hubiera ocurrido si en vez de una persona hubiera aparecido un gato. Experimento la subjetividad del otro al volverme yo un objeto para él. La mirada del otro me alcanza hasta los tuétanos.
En su obre “A puerta cerrada” dice Sartre que “el infierno son los otros” . Siempre que alguien me evalúa me está convirtiendo en un objeto, añadiendo un opaco ser-en-sí a mi translúcido ser-para-sí. ¿Cómo liberarnos de los efectos de la mirada del otro? Una posibilidad sería intentar controlar la libertad del otro. Pero una libertad controlada no es libertad. Otra posibilidad es mirarlo y cosificarlo yo a él, poseerlo como objeto. Pero ninguna de estas cosas me sirve porque en ambos casos el otro deja de ser un sujeto libre que es lo que yo necesito para captar por completo todas las estructuras de mi ser. Por eso la ncesidad que tengo de ver al otro como un sujeto libre solo me llev a al fracaso.
Si Sartre defiende incansablemente la libertad es porque cree que la libertad siempre está en cuestión y no podemos huir de ella, sino que tenemos que aceptarla con responsabilidad. La base de esa libertad es la naturaleza de la conciencia, que solo es una nada efímera encarnada en un cuerpo tentada por la mala fe y cosificada por la mirada de los otros. El ejercicio de la libertad no está exento de obstáculos, aunque estos se presentan con diferentes grados de adversidad. Cuando nos movemos en una dirección no lo hacemos por los hechos que creemos que nos motivan, sino por la interpretación que nosotros hacemos de ellos. Una nota académica no me impulsa a estudiar más, salvo que yo la acompañe de una negatividad, como un “no es suficiente”. Mis acciones no son consecuencia del estado del mundo sino del sentido que yo le doy.
Sartre entiende la libertad en sentido ontológico, es decir, no como un elegir esto en vez de lo otro, sino como un determinarse a querer por sí mismo, a elegir de forma autónoma. Ontológicamente nuestros actos son libres porque el sentido que tienen se lo damos nosotros.
El ejercicio de la libertad se pone de manifiesto por nuestras acciones, pero nuestro hacer es un hacer libre no determinado por la facticidad. Actuamos siempre hacia metas y la acción, el hacer, encierra la libertad del ser. Pero la acción se proyecta siempre hacia algo definido, hacia un tener, un poseer. La conciencia quiere poseer la cosa (p.ej. el atributo de ser un buen padre, que es un ser-en-sí), pero conservando su libertad, lo que supondría ser-en-sí y para sí al mismo tiempo. Sartre lo dice así: “El posible es proyectado en general como aquello que le falta al para-sí para convertirse en un en-sí-para-sí, lo cual es el ideal de una conciencia que fuera fundamento de su propio ser-en-sí. A esta idea se la puede llamar Dios”.
Aquí se refiere Sartre a la idea de Dios como causa de sí mismo (Ens causa sui). Para Sartre este es el deseo más fundamental de todos los hombres: ser causa de sí mismo. Pero la conciencia, que siempre está en camino, nunca llega a su destino final. Nuestro más profundo deseo, dice Sartre, es que esta búsqueda termine coincidiendo con el ser, en la simple identidad de sí consigo misma y al mismo tiempo permanecer conscientes y libres. Pero esta meta encierra una contradicción, porque el en-sí y el para-sí estarían divididos y eso no puede ser porque lo dividido no puede ser un en-sí, que se caracteriza por una identidad total. Y como este es nuestro deseo fundamental, Sarte dice que el hombre es una pasión inútil.
En unas notas que se encontraron después de su muerte, Sartre parece darse cuenta de que en todo lo anterior hay algo que da la sensación de que se refiere a un hombre corrompido o caído, como indican la mala fe, la nihilización, las relaciones humanas o tender aunque sea inconscientemente a lo que él llama Dios. Pero el hombre puede escapar de esta situación y lograr una vida más auténtica, lo que se puede conseguir dándole a la vida el sentido de un juego, donde cada uno se imponga sus propias reglas y donde la meta final, el gran deseo de todos los hombres, no sea la pretensión de ser causa de sí mismos, siempre, por supuesto, luchando por la libertad y por una vida libre que siempre se hace difícil.
Imagen de cabecera.- Esuela Normal Superior de París, donde Sartre se graduó en 1929 con un doctorado en filosofía.