Metafísica del poder

Decimos que una persona tiene poder sobre otra cuando es capaz de llevarla a una determinada conducta contra su voluntad, con el resultado de que el yo que tiene el poder impone su voluntad restringiendo la libertad del otro. Algunos filósofos han reflexionado sobre los entresijos metafísicos de este fenómeno según nos cuenta Byung-Chul Han (1) en su libro “Sobre el poder”.

Una característica intrínseca y fundamental del poder es que exige querer más poder. Si esta exigencia desaparece el poder deja de ser auténtico, aunque el yo siga teniendo al otro bajo su dominio. El poder entre el yo y el otro puede implantarse con mayor o menor intermediación entre ambos, que en los extremos daría lugar a un poder admitido como legítimo o a un poder impuesto con violencia. Con independencia de esta polarización, la actitud del otro también puede ser diferente, ya que puede aceptar lo que se le impone de forma pasiva, sufriendo o padeciendo la imposición, o bien llevar a cabo las acciones correspondientes como si fueran el resultado de sus propias decisiones, convirtiendo la voluntad del yo en la suya propia. Cuando el yo impone su poder sobre un grupo de personas, el placer que experimenta es proporcional al grado de libertad que tengan estas personas entre sí. A mayor libertad, mayor placer. Pero el yo busca en el poder algo más que placer.

Lo mismo que cuando nos referimos a la evolución de las especies creemos que el hombre busca en primer lugar su autoconservación, cuando desea el poder lo que busca principalmente es su autoafirmación, un ir un poco más allá de sí mismo sin perder su identidad, agrandando su propio espacio, el espacio que él ocupa en el mundo. Como el otro hace lo que quiere el yo, éste ve en el otro una continuación de sí mismo que le produce una sensación de libertad, por cuanto que su propia voluntad queda exenta de chocar con la voluntad del otro, que incluso renuncia a su propia alteridad en favor del yo. Como el otro refleja al yo, éste regresa a sí mismo en el otro. Esta percepción de sí mismo en el otro es constitutiva de la sensación de poder y determinante para la intensidad del placer. Y dado que el yo desea autoafirmarse cada vez más, se comprende así que el poder auténtico es el que exige cada vez más poder.

El poder, definido como la capacidad que tiene el yo de recuperarse a sí mismo en el otro apropiándose de él, Hegel lo hace extensivo a la vida en general, que de esta manera marca su diferencia con lo muerto, con la naturaleza inorgánica, y pone el ejemplo de la digestión, que es un proceso de poder en el que lo vivo va llevando poco a poco lo que es distinto de él a la identidad consigo mismo. Y para Hegel, eso es también lo que ocurre con las actividades del espíritu, cuyo rasgo fundamental es la interiorización de lo externo. Dice Hegel: “Todas las actividades del espíritu no son otra cosa que diversos modos de reducir lo exterior a esa interioridad que es el propio espíritu, y el espíritu solo llega a ser y es espíritu gracias a esta reducción, a esta idealización o asimilación de lo externo”.

De esta forma, partiendo del afán de autoafirmación, llegamos al poder del espíritu, que consiste en sumir las cosas en su interioridad, doblegando lo externo a lo interior, internalizándolo, explicando así el poder como un fenómeno de la interioridad y la subjetividad. Esta asimilación de lo externo produce cierta relación de identidad entre el sujeto y el objeto, lo que implica una fuerte intermediación entre ambos que despoja al poder de toda violencia. Visto así, dice Han, “la comprensión de las cosas no es una apropiación violenta, sino un hacer aparecer aquello que, en cierta manera, está dado en ellas a modo de germen”, con lo cual la asimilación se convierte en una reconciliación entre el sujeto y el objeto, que hace salir a la luz algo común a ambos que es el concepto, que es universal y referente a todas las manifestaciones de la realidad, y que de esta manera queda reconocido como un poder, el poder que hace posible esa asimilación. Este poder del concepto implica una continuación del sí mismo porque al aprehender la realidad lo comprende todo dentro de sí.

El poder del concepto no reprime la realidad, sino que la esclarece, la hace transparente. Por eso no es violento. El poder del concepto es un poder libre en la medida que no somete a lo distinto, a la realidad, sino que la libera dejándola mostrar su propia esencia. Byung-Chul Han escribe: “El concepto esclarece la realidad, es más, la hace ser por vez primera. La luz del concepto no la ciega, pues es la luz de ella. La mutua penetración luminosa de concepto y realidad se llama verdad. De este modo, también podría decirse que la verdad es poder”.

Esta interpretación de la verdad como una manifestación de poder, como un medio de dominio, también fue apoyada por Nietzsche. El yo tendrá mayor poder sobre la naturaleza cuanto mayor sea el conocimiento que tenga sobre ella, y ese poder del espíritu se manifiesta mediante la interiorización del mundo exterior, doblegando lo externo a lo interno, recogiendo la realidad en el espacio interior del yo.

Imagen: Este cuadro de Chirico llamado Sueño y Soledad nos muestra cómo podemos apoderarnos de la realidad a través de la pintura.

(1) El 7 de Mayo pasado se le concedió a Byung-Chul Han el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025. En este blog se pueden encontrar dos post en los que se habla de su obra: Tiempo pleno del 15/11/24 y Poder y política del 15/4/25.

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