Rousseau y la desigualdad

Aunque parece que cada día hay más gente en el mundo que vive suficientemente bien, también es cierto que las desigualdades entre los hombres aún son enormes. En su discurso sobre la desigualdad, esto ya se lo planteó Rousseau en el siglo dieciocho tratando de analizar sus causas por medio de un análisis histórico, partiendo de la base de que en los inicios de la humanidad estas desigualdades no existían.

Como la naturaleza nos hizo a todos iguales, la explicación hay que buscarla en los cambios que desde entonces hemos sufrido, que han afectado a los distintos hombres de forma diferente. Una mirada a la sociedad actual nos da la imagen de la violencia de los fuertes y la opresión de los débiles, y nos plantea la dificultad de saber qué hay de originario y qué es lo sobrevenido en el hombre actual.

En su aspecto físico, cuando Rousseau se refiere al hombre primitivo, al que llama también hombre natural o salvaje, se refiere ya al hombre bípedo que se vale de sus manos como nosotros de las nuestras. Aunque se organiza mejor que otros animales, lo ve viviendo como ellos, más o menos ágil o fuerte que ellos, bebiendo en los arroyos y descansando bajo un árbol. La tierra le ofrece todo lo que necesita y su subsistencia le resulta fácil. Está acostumbrado a vivir a la intemperie y a defenderse o huir de los animales, a los que supera en destreza. Por eso no vive con miedo. Con peor suerte se enfrenta a otros peligros como los achaques naturales, la infancia o la vejez, aunque por lo que ahora vemos en los animales, este hombre en estado natural o salvaje, apenas tiene necesidad de remedios y mucho menos de medicinas. La desnudez o la falta de habitación no suponen nada malo para él. Solo, ocioso y siempre cerca del peligro disfruta descansando y tiene un sueño ligero. Su gusto y su tacto son rudos pero la vista, el olfato y el oído los tiene finos.

Desde un punto de vista moral, dice Rousseau, lo primero que vemos es que el animal escoge o rechaza por instinto y el hombre natural lo hace mediante un acto de libertad y que en la conciencia de esta libertad se manifiesta su espiritualidad. Otra diferencia muy notable es que el hombre natural siente necesidad de perfeccionarse, mientras que el animal permanece siempre igual, aunque pasen cientos de años. Sus facultades le permiten elevarse por encima de su instinto. Incluso las pasiones le ayudan a desarrollar su entendimiento, aunque sus deseos apenas superan lo más básico, alimento, sexo y reposo. Su grado de conocimiento no le pide mucho más. No siente mucha curiosidad y la naturaleza, a la que está acostumbrado, no le impresiona.

El nacimiento del lenguaje fue paulatino. Los hombres vivían muy solos, las relaciones familiares eran escasas y los hijos se emancipaban pronto. Las necesidades de comunicarse eran muy pequeñas.

El hombre salvaje era un ser libre con el corazón en paz y buena salud. Sin obligaciones ni deberes estos hombres no son ni buenos ni malos. Rousseau lo explica así: “El hombre salvaje, errante en los bosques, sin industria, sin palabra, sin domicilio, sin guerra y sin relaciones, sin necesidad alguna de sus semejantes, así como sin ningún deseo de perjudicarlos, quizás hasta sin reconocer nunca a ninguno individualmente; sujeto a pocas pasiones y bastándose a sí mismo, solo sentía sus verdaderas necesidades, solo miraba aquello que le interesaba ver, y su inteligencia no progresaba más que su vanidad”. En este estado de cosas, es evidente que las desigualdades entre los hombres primitivos eran inexistentes. ¿Qué pasó después?

El aumento de la población y quizás alguna otra razón obligaron a los hombres primitivos a tener que agruparse, y al relacionarse con otros hombres, el hombre primitivo aprendió a diferenciar entre tener confianza o desconfiar de otras personas, se dio cuenta de que los otros hombres hacían lo mismo que él, y observando lo que hacían nacieron en él el concepto de conducta, y una idea rudimentaria de lo que era un compromiso.

La construcción de chozas para vivir constituyó una verdadera revolución, por cuanto que con ellas nacieron el concepto de familia y una especie de derecho de propiedad. Las mujeres y los hombres, que hasta entonces habían vivido igual, se asignaron papeles distintos. Las mujeres más en la casa y los hombres más proyectados al exterior. Los hombres tenían mucho tiempo para estar ociosos y empezaron a buscarse comodidades que sus padres no tenían y que no eran necesarias, creando así una fuente de infelicidad, pues su posesión no les proporcionaba grandes satisfacciones, pero su pérdida les hacía sentirse desgraciados.

Con las agrupaciones de viviendas se desarrolló un lenguaje común, y por las uniones entre jóvenes vecinos pronto estos grupos de viviendas empezaron a tener cierta identidad de región. De todas estas relaciones surgen costumbres comunes y algunos sentimientos nuevos, como el de querer ser valorado por los demás o el sentirse mejor o peor que otros. Aquí nacen también las primeras desigualdades, pues unos son más diestros, otros son más elocuentes y otros son más fuertes. Como todos pretenden tener los mismos derechos, aparecen los celos, las envidias y las venganzas, así como  cierto grado de especialización, iniciándose así, dice Rousseau, la decrepitud de la especie, pues el género humano estaba hecho para permanecer siempre en el estado primitivo de hombre salvaje.

En esas condiciones empieza a aparecer el progreso. Del cultivo de la tierra resultó necesario su reparto. De allí nacieron los conceptos de justicia, propiedad y mano de obra. Todo podría haber ido muy bien si su desarrollo hubiera sido equilibrado, pero no ocurrió así: el más fuerte hacía más obra, el más hábil sacaba mejor partido de lo suyo y el más ingenioso encontraba medios para sacar más provecho de su trabajo. La desigualdad seguía abriéndose camino.

La historia sigue su curso. Terminado el reparto de la tierra el pobre se ve obligado a seguir siéndolo. Comienza entonces la dominación de unos sobre otros. Muchos sufren por carecer de lo que a otros les sobra. Se desean los bienes ajenos y prosperan la avaricia, la ambición y la maldad, sin que el hombre pueda volver atrás sobre sus propios pasos.

Después nacieron las sociedades y sus leyes, que pusieron nuevas trabas al pobre y dieron nuevas fuerzas al rico, afianzando para siempre la ley de la propiedad y la desigualdad. Pero, las distinciones políticas engendran necesariamente diferencias civiles, y, en último término, dice Rousseau, la desigualdad es la implantación de una tiranía. Aquí podríamos decir que se cierra el círculo y volvemos al punto de partida, porque ahora todos los particulares vuelven a ser iguales y no hay más voluntad que la del tirano.

El hombre civilizado, concluye Rousseau, no tiene nada que ver con el hombre natural. El espíritu de la sociedad y la desigualdad que ésta engendra mutan y alteran todas nuestras inclinaciones naturales. La desigualdad, que era casi nula en el estado de naturaleza, debe su fuerza al desarrollo de nuestras facultades, y queda legitimada por la institución de la propiedad y por las leyes, una desigualdad que reina en todos los pueblos civilizados y que va manifiestamente contra la ley de la naturaleza.

Puede que estas conclusiones de Rousseau estén superadas o en vías de estarlo. Sin embargo, el problema se ha agravado en otra dimensión: distintos grupos de hombres nos hemos apropiado de la tierra en lo que llamamos naciones, a las cuales sí que protegemos con leyes que dificultan a los extraños compartir con nosotros su propiedad.

Fotografía: Cuadro denominado «Joven mendigo» de Bartolomé Esteban Murillo   

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