Autenticidad

Ya hemos hablado del concepto de autenticidad. Ahora lo vamos a comentar con proyecciones más profundas, abordándolo desde el punto de vista ontológico y señalando la crítica que hizo Adorno a los planteamientos de Heidegger.

Heidegger nos enseñó a preguntarnos por el ser, pero no solo por el ser del hombre, sino también por el ser de las cosas que nos rodean, el ser de lo que hablamos o el ser de la manera de comportarnos, porque el ser no solo acaece en el hecho de que algo es, sino también en el hecho de que algo es de una determinada manera. Cuando Heidegger mira hacia el hombre preguntándose por su ser, lo hace invocando a un hombre abstracto, inexistente, imaginado, algo así como el puro fenómeno humano en su existir, al que denomina Dasein.

El ser del Dasein consiste en tener-que-ser-él-mismo siempre, en todos los momentos de su existencia. Y eso le acaece al Dasein de una determinada manera, que es estando en el mundo, en medio de otros Dasein como él y entre otros entes distintos de él. Y ese estar en el mundo está condicionado por una temporalidad que le es intrínseca, en virtud de la cual vive en un presente al que ha llegado marcado por un pasado que tiene desde que fue arrojado a este mundo, y camino de un futuro que él mismo tendrá que ir eligiendo en función de las posibilidades que le ofrece la vida. De esta manera, el Dasein vive abierto al mundo y el mundo se le desvela mostrándole su propia significatividad. En este sentido, el Dasein es un ser descubridor.

Así, el Dasein tiene que ir eligiendo entre todo lo que le ofrece el mundo, tomando unas cosas y dejando otras, teniendo que ser siempre él mismo. Pero este tener-que-ser-siempre-él-mismo puede causarle cierta angustia, y las posibilidades que va dejando en el camino pueden crearle cierto sentido de culpabilidad. Y todo ello en un transcurrir de su existencia que se mueve siempre entre posibilidades, con una sola excepción que es la certeza de la muerte, la única certeza absoluta que tiene, que puede generarle también un sentimiento de angustia.

Una propiedad de este Dasein es su facticidad, en virtud de la cual este fenómeno humano se hace realidad en cada uno de nosotros, hombres y mujeres que poblamos la Tierra, dando lugar a dos tipos de personas: El hombre auténtico, que vive consciente de todo lo anterior, que se sabe un ser único, un ser para la muerte, y que tiene un sentido ontológico de su existencia; y el hombre inauténtico, Heidegger lo llama el Dasman, que ha olvidado su ser, que ante la certeza de la muerte mira para otro lado, que abraza la banalidad y termina disolviéndose en una masa uniforme cuyo carácter existencial más notorio es la medianía: La medianía de hablar como se habla, pensar como se piensa, confundir la comprensión de las cosas con la simple habladuría y sustituir el encuentro perceptivo del mundo por una mera curiosidad.

Esta forma de hacer filosofía se basa en la observación y la razón y trata de explicar cómo somos los hombres y cómo es el mundo, con la esperanza de que si nos analizamos y nos conocemos bien, si somos auténticos en el sentido de Heidegger, todo irá mejor. A esta forma de hacer filosofía se opone el marxismo, que mantiene que el papel de la filosofía no es interpretar el mundo, sino cambiarlo. Teodoro Adorno, de la escuela de Francfort, a través de su obra “La jerga de la felicidad”, fué sin duda uno de los filósofos que más directamente criticaron la filosofía de Heidegger.

La crítica de Adorno se refiere por una parte a lo que es el concepto mismo de autenticidad, y por otra al lenguaje que utiliza Heidegger en su libro «El ser y el tiempo». Para Adorno, la autenticidad que propone Heidegger para el hombre supone que éste se retire del mundo real y se refugie en sí mismo, recuperando el sentido del ser del que el hombre se ha despreocupado. Algo así como una autenticidad ontológica ajena a los problemas del mundo, muy en consonancia con el despertar del individualismo, el culto al yo y el consumismo de la época, pero completamente inútil para liberar al individuo de la opresión que sufre por parte de una sociedad capitalista en la que impera la racionalidad instrumental. También critica Adorno la manera en que Heidegger define al hombre inauténtico con esos impersonales de “como se habla o como se piensa” que ya henos citado, y sin tener en cuenta, por ejemplo, los importantes logros que se han conseguido gracias a la curiosidad que Heidegger infravalora. También critica la forma en cómo el hombre puede salir de esta inautenticidad escapando del anónimo Dasman, pues dado que el ser humano es un ser social, al rechazar al Dasman se excluye también a sí mismo, y lo que parece su salvación es también su perdición. Dice Adorno: “En nombre de la autenticidad contemporánea, sin embargo, un torturador podría presentar toda clase de reclamaciones ontológicas de indemnización en la medida en que él no ha sido sino un buen torturador”. Un torturador auténtico.

La crítica que Adorno hace del lenguaje de Heidegger es tan fuerte que la califica de jerga, y, según dice él mismo, cuando se abusa del lenguaje y el discurso pasa a ser una jerga puede uno convertirse en lacayo del mal. Quien domina la jerga no necesita decir lo que piensa, ni siquiera pensarlo correctamente; la jerga lo exime de ello y devalúa el pensamiento. Siendo el lenguaje un puente entre el sujeto y el objeto, Adorno critica a Heidegger porque dice que siempre se queda en el sujeto, por lo que su lenguaje es un lenguaje vacío. Por otra parte, como los filósofos necesitan a veces que las palabras tengan un significado que vaya más allá del que tienen en su uso normal, dice Adorno que cuando Heidegger nos habla de angustia, autenticidad o ser para la muerte, lo hace vaciándolas de contenido, y que tiene la habilidad de dotar a sus palabras de un cierto aura que les da un tono casi religioso, como cuando habla de muerte, caída, finitud, tono del agrado de los lectores. Dice Adorno: “Heidegger rehusa pensar dialécticamente con el concepto, prefiriendo arroparse en un lenguaje aurático, casi religioso, que magníficamente resuelve los problemas de la experiencia del Dasein, cosa cuya verdad no se demuestra de forma conceptual sino con la certeza de una actitud santurrona”.

En la obra citada, Adorno también hace una crítica de Hegel, Marx, Engels, Jasper y Rilke. El libro “El ser y el tiempo” de Heidegger, al que se refiere lo que hemos dicho, sigue siendo para casi todos los filósofos el mejor tratado de filosofía del siglo pasado.

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