El Tractatus. Ética

En una carta que mandó a uno de sus editores, Wittgenstein le confesó que el objetivo del Tractatus era principalmente de orden ético. Sin embargo, el concepto que él tiene de lo que es la ética, difiere bastante del que aplicamos nosotros en nuestra vida ordinaria. Veamos lo que nos dice sobre ética y valores en algunas de sus proposiciones.

En la proposición 6.41 lo deja ya bien claro. Dice así: “El sentido del mundo tiene que residir fuera de él. En el mundo todo es como es y todo sucede como sucede; en él no hay valor alguno, y si lo hubiera carecería de valor. Si hay un valor que tenga valor ha de residir fuera de todo lo que sucede y es el caso. Porque todo suceso y todo lo que es el caso se da de forma casual. Lo que los hace no-casuales no puede residir en el mundo; porque, de lo contrario, sería casual a su vez. Ha de residir fuera del mundo

Esto significa que el valor no puede darse en el mundo, pues si digo que algo es bueno estoy definiendo como tiene que ser ese algo, lo cual contradice la forma de ser de los hechos del mundo, que por su naturaleza son casuales, y lo que es bueno para unos puede ser malo para otros. Y si el valor no está entre los hechos del mundo no podemos modelarlo con una proposición. En consecuencia la ética no se puede describir con palabras y no podemos hacer proposiciones éticas. Y por eso Wittgenstein nos dice que “La ética es trascendental ”. Y para que sea normativa tiene que basarse en valores que estén fuera del mundo de los hechos.

Si quisiéramos aplicar una ética a nuestra vida de cada día tendríamos dos problemas. El primero sería la relatividad de los valores en un mundo contingente como ya hemos mencionado. Y el segundo, como dice Wittgenstein, que “el mundo es independiente de mi voluntad”, porque mi voluntad no repercute en el mundo de los hechos. La voluntad en el sentido metafísico o trascendental, no tiene vínculo causal con el mundo.

Aunque el valor no pueda residir en el mundo de los hechos, Wittgenstein admite la idea del mérito que podemos concederle a nuestras propias acciones, que no se mide por sus consecuencias sino por la intención con la que estas acciones se realizan, dependiendo por lo tanto de la voluntad. También admite la idea de que nuestras acciones sean merecedoras de algún tipo de premio o castigo, pero tanto uno como otro residen en la acción misma.

Pero como la ética no es un hecho en el mundo no se puede tratar directamente con proposiciones de nuestro lenguaje, que son modelos lógicos del mundo. En consecuencia para hablar de la ética tendríamos que utilizar proposiciones sin sentido, pues, lo mismo que al hablar de un objeto por su utilidad se pierde su belleza, al hablar utilizando proposiciones con sentido se pierde la dimensión ética de lo que decimos. Por eso es imposible hablar de ética de una forma “no absurda”. Y como esto mismo se puede aplicar a la metafísica, la teología o la religión, resulta que no podemos hablar con sentido de lo que más importa y la filosofía resulta inútil. Por eso el verdadero método de la filosofía es no decir nada salvo aquello que se puede decir, que son las proposiciones de la ciencia natural.

Pero si la ética es algo trascendental y no puede haber proposiciones éticas, y sólo cuando los valores fueran absolutos tendría sentido hablar de la ética, ¿de qué sirve la ética?

En la proposición 6.43 vemos la respuesta de Wittgenstein. Dice: “Si la voluntad buena o mala cambia el mundo, entonces sólo puede cambiar los límites del mundo, no los hechos; no lo que puede expresarse mediante el lenguaje. En una palabra, el mundo tiene que convertirse entonces en otro enteramente diferente. Tiene que crecer o decrecer, por así decirlo, como un todo. El mundo de los felices es distinto del mundo de los infelices.”.

Esto significa que aunque el ejercicio de la voluntad no cambia los hechos del mundo si puede cambiar el mundo entero. Y lo mismo que al contemplar parcialmente un cuadro solo vemos algunos aspectos pictóricos de escaso valor, y, sin embargo, al contemplarlo en su totalidad, “sub specie aeterni ”, descubrirmos una obra de arte, contemplando el mundo como una totalidad, “sub specie aeterni ”, descubrimos el sentir de lo místico, cuyo carácter estriba no en cómo sea el mundo, no en esta o aquella articulación de cosas, sino en qué sea, en su pura y enigmática existencia.

Estamos al final del Tractatus y a lo largo de su lectura hemos ido concatenando todas las proposiciones esperando una conclusión final. Y es entonces cuando Wittgenstein nos dice que tenemos que damos cuenta del sin sentido de sus proposiciones, para que, superándolas, podamos ver el mundo correctamente. En la penúltima proposición Wittgenstein describe sus proposiciones como escalones de una escalera que uno va ascendiendo hasta llegar arriba, donde, dice, “Tiene que, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido. Tiene que superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo”.

Y termina con la proposición 7: ”De lo que no se puede hablar mejor es callarse”.

En una conferencia que Wittgenstein dio sobre el Tractatus ocho años después de su publicación dijo: “Toda mi tendencia y creo que la tendencia de todos los hombres que alguna vez intentaron escribir o hablar sobre Ética o Religión era ir contra los límites del lenguaje. Este ir en contra de los muros de nuestra jaula es perfecta y absolutamente inútil. La Ética, en la medida en que surge del deseo de decir algo acerca del sentido último de la vida, del bien absoluto, de lo valioso absoluto, no puede ser ninguna ciencia. Lo que dice no añade nada a nuestro conocimiento en ningún sentido. Pero es un documento de una tendencia en la mente humana que yo personalmente no puedo impedir respetar profundamente y ni por mi vida la ridiculizaría”.

Fotografía: Algunos representantes del Círculo de Viena, fundado tras la publicación del Tractatus. Arriba: Rank, Abraham, Eitingon y Jones. Sentados: Freud, Ferenczi y Sachs.

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