
La Escuela de Fráncfort se creó en los primeros años veinte del siglo pasado para dar acogida a un grupo de filósofos que practicaban lo que se conoce con el nombre de Teoría Crítica. Fue una escuela de teoría social y filosofía crítica que trataba de explicar las políticas reaccionarias que se daban en las sociedades capitalistas de la época. Los miembros más conocidos de este grupo fueron Horkheimer, Adorno, Marcuse, Habermas y Apel.
En sus comienzos, la Escuela de Fráncfort inició su recorrido asociada al Instituto de Investigación Social de la Universidad Goethe de Fráncfort. En los años treinta, huyendo del nazismo, se instaló en Suiza y a continuación se estableció en los Estados Unidos, regresando a Alemania en 1953. La esencia de su trabajo la comparten por igual la investigación social y la autorreflexión crítica, porque para ellos el análisis de la sociedad tiene que ir a la par con el de las conciencias individuales. Esto significa que la emancipación de cualquier tipo de dependencia necesita del desarrollo en paralelo de una autoconciencia crítica, que no es otra cosa que el retorno crítico a uno mismo. De esta forma, la autorreflexión crítica se convierte en una actitud necesaria para quien busque una visión de la sociedad con objetivos emancipadores. Su norma para abordar la crítica era simple: negar lo que parece evidente y no aceptar sin más lo que todo el mundo admite como bueno. Para ellos la crítica positiva es su propio sistema, y entre sus métodos destaca el de sacar a la luz las contradicciones que se ocultan en los modos sociales y en la cultura. Según Franca D’Agostini, entre sus objetivos más importantes se encuentran los siguientes: Actualizar el marxismo, teniendo en cuenta no solo las estructuras económicas y la lucha de clases en las que lo fundamentaron Marx y Hengels, sino también las nuevas estructuras ideológicas y culturales; romper la tendencia de la sociedad a utilizar solo la razón instrumental o de la eficiencia y los buenos resultados, que tiene su apoyo en la razón utilizada por la ciencia y la técnica; recomponer con rigor los procesos dialécticos que Marx aplica sin cerrarlos debidamente, saltando a nuevas proposiciones sin concluir las anteriores; y definir la filosofía como un proceso de autorreflexión contra toda forma de objetivismo y autonomía ideológica.
Max Horkheimer fue el primer director del grupo. En su obra «Teoría tradicional y crítica» nos habla de estas dos formas de conocimiento. La teoría tradicional nace en Grecia, y en ella el filósofo trata de explicar el mundo que observa utilizando solamente la razón. El conocimiento es puramente especulativo y se hace por amor al conocimiento mismo. La filosofía se hace a partir de una contemplación desinteresada del mundo. Descartes propone un cambio de método al considerar el origen social de los problemas como algo externo, donde el filósofo puede tener la experiencia de conocer el mundo real, aunque, en cierta medida, coloca este mundo empírico entre paréntesis para que sea solo el espíritu quien elabore el conocimiento. Este distanciamiento le permite a Descartes hacer una crítica racional de la experiencia, gracias a la cual las condiciones de la experiencia no se pueden tomar como dadas sino como construidas por la razón. A todo esto se opone la teoría crítica, que, como ya hemos dicho, persigue una nueva forma de hacer filosofía que tiene su fundamento en dos pilares, que son la investigación social y la autorreflexión. En su análisis social, Horkheimer critica con fuerza que Marx basara su análisis apoyándose solo en los modos de producción, las fuerzas productivas y las relaciones de producción, pues todo ello pertenece exclusivamente al ámbito económico y no tiene en cuenta estructuras ideológicas como la familia, la escuela o las instituciones morales y religiosas. Para él una investigación total de la sociedad requiere la participación de la filosofía, la economía, la sociología, la psicología y la historia. Cree también que la filosofía como autorreflexión es nuestro mejor apoyo para hacer una crítica positiva que nos ayude a no dar por bueno todo lo que nos es dado, y para analizar la realidad con fines emancipativos, liberando a los individuos de las nuevas formas de dominio. Para Horkheimer, la pretensión del teórico crítico es la lucha a la que pertenece su pensamiento y no el pensamiento como algo independiente. Y todo ello en busca de una realidad que aún no existe y de unas formas sociales que aún no se han desplegado, que darán lugar a una sociedad futura como comunidad de hombres libres.
Theodor W. Adorno fue el gran colaborador de Horkheimer. Juntos escribieron, entre otras publicaciones, el libro titulado «La dialéctica de la Ilustración». A la vuelta del exilio americano fue director del Instituto de Investigaciones Sociales. Adorno distingue, como ya hiciera Dilthey, entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu o ciencias de la sociedad. Las ciencias de la naturaleza nos dejan las manos libres para abordarlas como creamos conveniente, porque su objeto, según nos dice él mismo, “no se encuentra todavía realizado y mediado por el hombre”. En cambio, para las ciencias del espíritu se impone el método dialéctico como la mejor forma para conseguir que emerjan las contradicciones de la sociedad.
Adorno, que era un marxista crítico muy marcado por la historia de Alemania de la primera mitad del siglo veinte, comprobó a lo largo de su vida cómo la revolución que esperaba la izquierda alemana, que traería libertad y emancipación, no llegó nunca, mientras que sí llegaban el conformismo de los individuos, la barbarie, las guerras y los totalitarismos. Un conformismo que admite las reglas de dominio, que se queda en lo superficial, satisfecho con el consumo y su ocio, y que, en definitiva, transforma al sujeto en un objeto que se deja conducir y es fácilmente maleable. Para Adorno, el paradigma del conformismo americano era la película «Qué bello es vivir». Por eso, cuando llegó el progreso, y con él el éxito del capitalismo tardío, pudo integrar en su seno al proletariado sin ninguna dificultad.
¿Y cuál es su propuesta para cambiar esta sociedad? Darle la vuelta a todo practicando la dialéctica negativa. La dialéctica de Hegel tiene un primer momento que es la tesis, también llamado momento en sí o momento absoluto. En un segundo momento, llamado negación o momento para sí, niega la tesis y plantea la llamada antítesis como negación de la tesis. En un tercer momento, que es un momento en y para sí, plantea una reconciliación o superación de los dos momentos anteriores con la llamada síntesis. Adorno no está de acuerdo con esto y propone una dialéctica negativa, que al llegar al segundo momento, el de la negación, en vez de proponer una antítesis para ir después en busca de una propuesta conciliadora, dé marcha atrás en busca de un conflicto con el primer concepto para volverlo hacia lo diferente de su mismidad. Este es el gozne de la dialéctica negativa, ya que supone que el primer concepto solo queda sujeto a su propia identidad mientras no exista una reflexión que se lo impida. Esta dialéctica es la que propone Adorno como método para que salgan a la luz las contradicciones de la sociedad y de las cosas, pues, según dice él mismo, lo negativo vive en los conceptos y en las cosas y los conceptos y las cosas viven de lo negativo. Así pretende que el pensamiento filosófico empiece desde cero. De esta forma Adorno se acerca a posiciones nihilistas y pesimistas, alejadas ya de los comienzos de la Escuela de Fráncfort.
En una de sus frases más famosas dijo que «después de Auschwitz no se puede hacer poesía». Tras de su dialéctica negativa admite que decir eso fue un error pues «quizás, después de Auschwitz lo único que se puede hacer es poesía«. Para la historia quedan su influencia en las revueltas estudiantiles y obreras del sesenta y ocho; sus críticas a otros filósofos, a los que acusa de hacernos vulnerables frente a las fuerzas de dominio y opresión; y sus disputas con Popper sobre el positivismo en la sociología alemana.
De otros filósofos de la Escuela de Fráncfort nos ocuparemos más adelante.
Imagen de cabecera: Sede del Instituto Social de la Universidad Goethe de Francfort.